Cuentan en la editorial que cuando salió la edición a la calle, la nota del diario hablaba de la crisis social del país.
Cuentan los vecinos que esa hoja vagó por el barrio arrastrada por el viento durante varios días. Todos la levantaban del suelo cada vez que rozaba sus jardines pero como no les interesaba lo que decía volvían a tirarla lejos de sus casas para luego maldecir la mala calidad de la impresión porque les dejaba los dedos manchados con tinta negra.
Cuenta el autor de la nota que todo había sido calculado a la perfección, desde el gramaje del papel hasta la calidad de la tinta pasando por la velocidad del viento y la cantidad de días que tardaría la hoja en llegar hasta el portal de la mujer que amaba.
Cuenta ella que una mañana de primavera, cuando el sol luchaba por salir detrás de unas nubes que se rehusaban a desaparecer, vió llegar hasta su puerta la hoja del diario.
Salió, tomó la hoja en sus manos y entre lo que parecían frases y palabras borradas que habían formado parte de una nota que hablaba de la crisis social del país, alcanzó a leer una frase que la hizo vibrar aún antes de saber que había sido escrita para ella: «Asumo que me muero por vos».
Un amor
Que no tenga leyes, reglas ni podamos manejar.
Uno de esos amores que arrase con lo conocido y nos ponga la vida de cabeza.
Inesperado,que nos paralice y nos sorprenda pensando en él en cualquier esquina.
Un amor que nos quite el sueño pero que nos permita soñar con él.
Picante,sabroso,como las buenas especias.
Imprevisible,tanto que no podamos vislumbrar ni una sola sensación vivida en amores anteriores.
Un amor concebido para desdibujar los límites permanentemente,como un mapa hecho con tinta al agua.
Tierno como una hogaza de pan recién horneada y a la vez furioso como el mar en medio de una tormenta.
Inocente,perverso,seductor y letal como el canto de las sirenas.
Un amor anárquico.
Al menos una vez en la vida debemos vivirlo.
De este lado
Del otro lado está nublado y el viento trae el aroma de los tilos que cuidan el cordón de la vereda que está a la vuelta de mi casa.
Quien mire para allá verá que la gente no sabe si va a llover o no pero por las dudas apura el paso tal vez para llegar más rápido al encuentro de un rincón de calma.
Encontraran algunos árboles de Navidad armados y fotos en las calles anunciando la inminente llegada de Papá Noel.
Los que todavía no cruzaron tal vez se sientan cansados o acorralados y pierdan la oportunidad de cerrar los ojos y dejarse llevar por algunos sonidos atrapantes.
De este lado estoy yo escuchando música, disfrutando mi aire de jazmines, mirando una foto, pensando en un montón de flechas que pueden atravesar la sorpresa para clavarse firmes en el alma.
De este lado estoy yo, convencida de no moverme si siento que empieza a llover, pensando que todo se transforma y abriendo ventanas para que entre el viento sur.
De este lado tal vez estén las mismas cosas que de aquél pero la gran diferencia radica en que yo conozco tu risa y los de aquel lado no.
Tarde
Cincuenta, sesenta, setenta … perfecto, los diez centavos que le faltaban para regresar seguro los encontraría revolviendo los bolsillos de su campera de jean.
Se alisó el vestido suelto que había elegido para la fecha, miró su rostro en el espejo del baño, se puso un poquitito de su perfume preferido, buscó la moneda que le faltaba y bajó las escaleras hacia la calle con el corazón latiendo desesperado.
Tomó el colectivo sabiendo que le esperaba un viaje de cuarenta minutos como mínimo pero no le importó porque pensaba disfrutar cada segundo de esta sorpresa que había planeado para él.
Mientras veía pasar las calles por la ventanilla ensayaba saludos, sonrisas, miradas, mohines, formas y figuras para el momento tan ansiado.
Quería tenerlo frente a sí y no decirle nada, que hablaran sus ojos o mejor no, mejor sería acercarse y besarlo sin darle tiempo a reaccionar.
Faltaban dos cuadras para que se bajara y sentía que le traspiraban las manos, tenía un nudo en el estómago, parecía una adolescente, si hasta tenía las mejillas coloradas por los nervios y la ansiedad.
Por fin se bajó y comenzó a buscar con la vista una placa en la puerta que le indicara el lugar hacia donde tenía que dirigirse y cuando estaba orientada lo vió.
Estaba saliendo de la empresa y su imagen aceleró más aún su corazón. Se lo veía tan atractivo con ese traje azul! pero no podía perder tiempo mirándolo desde lejos, tendría que apurar el paso para no perderlo. De pronto algo la mantuvo quieta en el lugar donde estaba con la vista clavada en el extremo opuesto de la calle.
Las manos ya no traspiraban de emoción sino de nervios, el estómago dolía de pura pena, la boca se había secado por ese beso que pensaba dar y ahora sabía que no podría y la mirada no era más que un montón de escarcha.
En una fracción de segundo pensó que si no hubiera perdido tiempo contando las monedas o alisando su vestido tal vez habría alcanzado el otro colectivo, el que se le escapó al llegar a la parada.
Maldijo el instante que perdió poniéndose perfume, estaba casi segura que de no haberlo hecho hubiera llegado antes, al menos con el tiempo suficiente como para no verlo subir a aquel auto, abrazar a aquella mujer, besarla tiernamente en los labios y partir.
Rita
Nació en otoño y el ritmo de las hojas de los árboles al caer marcó el compás de su voz y de sus lágrimas. Creció rodeada de una familia atípica pero a la vez profundamente sola. De pequeña preguntaba absolutamente todo, su curiosidad no tenía límites, llegaba a exasperar a quienes la rodeaban con sus ansias de conocer y saber las cosas más ilógicas y las más coherentes que existieran en el planeta.
Amaba dibujar y lo hacía muy bien pero se sentía muchísimo más atraída por los libros y pasaba gran parte de sus días sumergida entre ellos.
Era brillante, las maestras no se cansaban de alabar su inteligencia pero sus compañeros la rechazaban, siempre existía un motivo determinado para separarla de los juegos de la niñez y Rita, sin proponérselo, creció de golpe.
Supo desde temprana edad lo que era ser distinta y las consecuencias que eso acarreaba. Conoció la sensación de soledad desde pequeña y terminó por hacerse amiga de ella en la adolescencia.
Rita perdió su primer batalla frente a la muerte a los trece años y cargó sobre su cuerpo el fantasma de la culpa, que no la abandonó ni siquiera en sueños.
Pero a pesar de todas las marcas que guardaba su corazón lograba que la quisieran, tal vez de manera inexplicable pero se hacía querer e íntimamente conseguía chispazos de felicidad.
Como la mayoría de las cosas, el sexo también llegó tarde a su vida pero la encontró madura, con la mente abierta, dispuesta a vivir todas y cada una de las cosas que eligiera para sentirse plena y satisfecha.
Pero Rita quería amar y en su torpe desconocimiento del tema se confundía y elegía mal, sin sentido, sin ganas, por descarte e intentaba convencerse a sí misma pero nunca lo lograba.
Y un día, después de preguntarse mil veces qué se sentiría, se enamoró y por partida doble porque lo hizo de un hombre y de ella misma al descubrirse enamorada.
Nacía y moría cada día en ese amor, se desdibujaban sus límites y los reinventaba a cada paso, cambiaba su color de ojos a cada instante y de pronto su cabello podía estar lacio y quieto como un lago o furioso y enrulado como el mar en plena tormenta.
Cantaba y hablaba lenguas desconocidas, veía más allá de sus párpados y su piel olía a jazmines en pleno invierno.
Rita no podía dejar de amar ni siquiera en la ausencia. Había olvidado el significado de la palabra egoísmo y de a poco hizo de la paciencia un rasgo inherente a su personalidad.
Pero su corazón caminaba a un ritmo desconocido para él y se cansaba aunque ninguno de los dos lo quisiera y en esos momentos se llenaba de preguntas y planteos. A veces se sentía arrinconado y demasiado débil como para seguir y otras renacía, volvía a cantar, su risa se volvía poderosa y lograba hacerse escuchar desde el otro lado del Universo.
Una mañana de primavera Rita se miró al espejo y no se reconoció. Buscó en su mente los motivos por los cuales estuviera sucediendo eso y sin que pasara demasiado tiempo su corazón le avisó que quién la dibujaba cada día a día se había ido.
Lloró, suspiró, se oscurecieron sus ojos, su cabello se calmó y cantó canciones de su infancia para lograr que el tiempo volviera atrás y pudiera recordar que desde que vino al mundo solo buscaba amar.
Cajita de suspiros
El timbre no dejó de sonar hasta que lo despertó, eran las tres de la tarde y estaba cansado pero ante la urgencia no le quedó más remedio que levantarse y recorrer el trayecto que separaba su comfortable cama de la puerta de entrada. Al llegar se encontró con el cadete de un correo privado que le quería dejar un paquete a su nombre. Corroboró que no hubiera ningún error y aceptó la entrega. La curiosidad lo estaba matando, quién podía haberle mandado algo justamente a él y por esa vía?
Se desplomó en el sillón del living y abrió el paquete. Dentro de él había una delicada caja de madera clara, con algunos lazos negros en su base, inscripciones en japonés al frente y un sobre mediano de papel reciclado con su nombre.
No reconoció la letra pero procedió a abrirlo inmediatamente y cuando lo hizo leyó lo siguiente:
«Seguramente estarás sorprendido y motivos no te faltan. Esta caja que hoy llega a tus manos tiene la colección de suspiros de una mujer que alguna vez te hizo reír. Ella quiere que los conozcas, los cuides y los guardes. Cada ideograma corresponde a un suspiro diferente cuyo significado está labrado detrás del mismo. Hay uno solo que no dice nada y ella confía en que sabrás descifrar su significado»
Así fué como aquel hombre, completamente asombrado, tiró suavemente de los lazos negros, abrió la caja, comenzó a sacar uno a uno los símbolos y a leer el reverso, donde de manera sintética aparecía la historia del suspiro elegido.
Estaban los de su infancia, cuando le ponían el vestidito celeste lleno de moños que le picaban en todo el cuerpo y suspiraba deseando ser la chica de enfrente que patinaba libre por la vereda.
También aparecían los suspiros que dejaba escapar cuando su mamá le desenredaba el pelo y le pedía que no gritara porque sino la llevaba a la peluquería y se terminaba el calvario de todas las mañanas.
Luego encontró los de la adolescencia, cuando llegaban los fines de semana y en lugar de salir con gente de su edad se quedaba leyendo en su casa y mirando por la ventana al chico de ojos grises que le quitaba el sueño y vivía justo frente a su edificio.
Casi se le cae de las manos el suspiro de placer que emitió cuando le dieron aquel beso interminable a los 23 años, en el jardín de la casa de su hermana, bajo una luna radiante de Febrero.
Se detuvo en los suspiros del año 91 al 94 y no quiso escuchar los de los años siguientes porque sintió que estaban cargados de añoranza.
Los de 1999 ni siquiera los rozó porque le supieron a llanto amargo apenas sus pupilas los localizaron en la cajita.
Se enterneció con el de Junio del año 2000 y siguió de largo hasta el gran suspiro de Octubre del año 2002. No fué necesario leer la información detrás del ideograma, todo en aquella pequeña pieza le decía claramente de qué se trataba.
Mágicamente la cajita parecía no poder dejar de escapar un suspiro tras otro como si no tuviera fin y se hubiera vuelto inagotable pero a medida que cambiaban los días algunos perdían fuerza y se diluían con el viento.
De pronto su mano encontró uno con fecha Abril del 2005 y lo retuvo entre sus dedos durante un tiempo que no pudo precisar pero fueron varias horas porque cuando miró hacia la ventana era de noche. Lo observó desde todos los ángulos posibles pero no encontró fecha ni explicación alguna. Perdido como estaba en sus pensamientos no se dió cuenta que había comenzado a caminar hacia la entrada de su casa con el ideograma en la mano, había abierto la puerta y mientras sus ojos trataban de acostumbrarse a la imagen morena que lo miraba y suspiraba, había comenzado a reír.
Los demás dicen…
Dicen que el amor se transforma con el tiempo, que la pasión dura tres años
y después todo cambia, que sobreviene la calma y el amor se vuelve sereno,
apacible, distinto. No quiero pensar así, quiero pensar que la pasión se mantiene viva tanto tiempo como dure la pareja, que la calma y la paz forman un todo pero no reemplazan a ninguna sensación,simplemente conviven en perfecta armonía.
Prefiero pensar que la pasión no se extingue y no me refiero simplemente
al deseo sexual sino a la pasión arrebatadora que se siente al mirar a los ojos
a la persona que amamos, a esa que acelera el corazón cuando escuchamos
la voz o los pasos de esa persona con la que queremos vivir hasta el último día
de nuestra vida, aunque la vida dure solamente tres minutos más.
Quiero sentir que cuando la piel se vuelva traslúcida, el andar pausado y la voz susurrante, el amor se hará con las manos y la mirada.
Necesito seguir creyendo que el amor no se transforma y que nada es posible si no admiramos a la persona que tenemos al lado.
Para esa niña, para mí, para las dos.
Cada vez que te miro me pregunto qué estarías pensando en aquél momento, qué cosas cruzarían tu mente que provocarían el ceño fruncido, gesto que no abandonaste a lo largo de los años cuando te quedas colgada con algo, no terminas de entender alguna situación o simplemente usas para expresar disconformidad.
No sé cuáles serían tus sueños a tan temprana edad pero dejame contarte que si los tenías todavía corrés tras ellos, seguís luchando para alcanzarlos.
Tu realidad se vió modificada, ya no tenés más ese gorrito ni el balde (no sabría decirte dónde quedaron), no te toman de la mano para cruzar la calle ni te dan la comida en la boca. Nadie te arropa de noche o te abriga cuando estás enferma y hace frío. Digamos que por ley natural de vida fuiste quedándote sola pero no es para que te asustes, eh? no, para nada. Cambiaste de casa dos o tres veces, perdiste el verde intenso de tus ojos y conservaste la empecinada redondez de tus mejillas.
No has sido tan dulce ni tierna como se te adivina desde pequeña pero nadie puede dudar que tuviste carácter y que cuando estabas de humor, podías ser encantadora. Fuiste feliz durante mucho tiempo y de a ratitos (a mi juicio la mejor forma de serlo) asi que, si esa era una de tus metas, la lograste.
A pesar de todo lloraste y mucho, desarrollaste un nivel de sensibilidad que pocos pudieron entender pero nunca te importó nada, fuiste terca y arremetiste con todo.Te enamoraste dos veces, sentiste que eras capaz de jugarte y dar la vida por amor si era necesario.
Hubo gente en tu vida que te soltó y te dejó ir pero sabés qué? ellos perdieron mucho más que vos.
No sé si algo de todo lo que te digo puede interesarte, me parece que te divierte más la idea de seguir jugando en la arena pero por si acaso, por si logro captar tu atención y llegas a escucharme a través del sonido de las olas del mar quiero que sepas que al mirarte me doy cuenta que te quiero y que siempre, siempre, siempre voy a intentar rescatarte.
Pociones para el alma
Tenés que tomar tres dosis diarias. Una cuando abrís los ojitos por las mañanas, otra al mediodía y una más, la última, cuando cae el sol y me muestro en el cielo alumbrando la noche.
Intento armar esta pócima para tu alma con muchos abrazos, muchos momentos de paz, de calma, de una tranquilidad parecida al movimiento de este mar y a su sonido.
Una pócima que va a tener el sabor que quieras darle y cambiará de color de acuerdo a tu risa. Tiene fragmentos de canciones, las letras de una tarjeta de cumpleaños enviada unas horas antes del día indicado (te acordás??), varias tormentas compartidas, horas y horas de madrugadas juntos, miles de tazas de té de miel, naranja y mandarina y la primera vez que te ví entre la multitud.
Si cuando la estás tomando escuchás algo seguramente es una voz serena que te arrulla, que te ayuda a descansar, que te acaricia, te envuelve como un abrigo suave y tibio para que no sientas frío nunca más en tu vida.
Es una pócima hecha con amor para un alma llena de amor, un alma buena, de las más buenas que he conocido, un alma limpia, cristalina, pura, sana, un alma que un día se cruzó con la mía y marcó un rumbo.
Ojalá sirva, ojalá sea mágica, ojalá se convierta en ese milagro en el que creo con todas mis fuerzas.
Es una pócima para tu alma Marcos.
La Luna alumbró el día martes, septiembre 13, 2005 ![]()
1 Satélites Lunares
El vendedor de ternura
La gente del pueblo cuenta que detrás de esta puerta vivía un hombre muy especial.
Poco se sabía de él pero quienes lo habían cruzado en alguna ocasión por la ciudad aseguraban que era educado, caballero, gentil y amable.
Despertaba curiosidad su estilo de vida, nadie sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba, cuál era su profesión o de dónde venía, solamente tenían en claro que vivía solo y se llevaba muy bien con todos los niños de la zona.
Camino a la escuela pasaban por allí y siempre los esperaba con caramelos y pastelitos tibios. Cuando regresaban a sus casas y lo veían en la puerta se sentaban en las piedras de la entrada y les contaba historias de seres mágicos hasta que caía el sol.
Después de mucho tiempo de vivir en aquella comunidad uno de los niños se animó a preguntarle cómo se llamaba y cuál era su trabajo. Al escuchar aquella pregunta lo sentó sobre sus rodillas y le dijo: «Me llamo Croix y soy un vendedor de ternura».
Poco a poco la noticia fué extendiéndose por todo el pueblo hasta que llegó a oídos de Mariè, una campesina que pasaba sus días cosiendo abrigos de melancolía para los enamorados no correspondidos del lugar.
Una tarde le encargaron un abrigo especial: además de melancolía tenía que tener ternura, algo de lo que ella carecía asi que, respirando hondo, se dirigió hacia la casa de Croix.
Al llegar hasta su puerta sintió que le temblaba el corazón y dudó en golpear las manos y seguir adelante con la tarea pero no podía fallarle a su cliente asi que se quedó parada esperando que alguien respondiera su llamado.
Cuando pensó que no había nadie lo vió caminar hacia ella y algo en su manera de andar la sedujo irremediablemente y por un instante olvidó para qué había ido hasta allí. Como pudo le explicó el motivo de su visita y sin más dilación Croix la hizo pasar y le vendió la cantidad de ternura que Mariè necesitaba para confeccionar el abrigo. Cuando lo terminó se dió cuenta que le había sobrado mucha y que bien podía coser uno para ella asi que puso manos a la obra, en dos días lo tuvo listo y comenzó a usarlo noche y día, notando que cada vez que lo usaba pensaba en él.
Una noche estrellada salió a buscarlo, sentía la imperiosa necesidad de verlo y no sabía bien por qué. Apenas había recorrido unos metros cuando una vez más lo vió venir hacia ella y su corazón se desbocó. Al quedar ambos frente a frente se saludaron y Croix, con los ojos brillando en la oscuridad, le dijo: «Te vendí toda mi ternura a cambio de tu melancolía. Necesito tu abrigo para poder seguir».
Cuentan unos pequeños que a la mañana siguiente, cuando iban a la escuela, los vieron irse del pueblo abrazados, Croix vistiendo el abrigo de Marié y ella sonriendo sin una sola pizca de melancolía en su mirada.


Quiero tener una pócima de tu amor cada día de mi vida.