¿Dónde se guardan aquellas canciones?

Siempre me pregunté lo mismo y hasta hoy no encuentro ninguna respuesta.
A veces no sé dónde guardar las canciones que escuchaba en determinadas épocas claves de mi vida.
Las que me remiten a momentos felices las quiero tener siempre a mano pero las que me saben a lágrimas se convierten en candela pura y cuanto más lejos quiero tirarlas, más rápidamente vuelven a mí como el más certero y efectivo boomerang.
Hay días en los que desafío al destino y elijo alguna que nubla la vista creyendo que ya pasó todo y al descubrir que no es así empiezo a buscar con la mirada algún rincón donde esconderla pero al no hallar uno lo suficientemente seguro, me enojo conmigo por haber sido tan tonta.
Sin ir más lejos recién estaba buscando una de Ana Belén y tropecé con otra que hace varios años atrás escuché hasta gastarla con mi voz de lija.
Comencé a cantarla despacito y enseguida sentí que iba por mal camino, supe que si continuaba desgranando sus estrofas terminaría llorando por algo que no tiene vuelta atrás y un súbito instinto de supervivencia logró que la arrojara por sobre mi hombro, encendiera un Marlboro y mirara por la ventana del altillo, que no significa otra cosa que mirar hacia adelante.
A pesar de esta decisión urgente sigo sin hallar un lugar definitivo para ellas.

Volver del exilio

Trece días me ha llevado este exilio, un exilio que podría haber sido voluntario de no mediar esta tremenda sensación de silencio interno que me impedía hablar, contar, decir, suspirar, dejándome solamente las manos y el alma libre para recordar y llorar cuando el peso de las señales y las ausencias se hacía insoportable.
Trece días donde pasaba por la esquina de La Sombra pero nunca pisaba su vereda, lo cual hasta ahora no me había sucedido jamás y lo que más me llamaba la atención era que no dolía el cambio de ruta aunque lo más peligroso era que se estaba haciendo costumbre.
Tres veces intenté contar lo que me pasaba pero no pude, no sabía cómo expresarme, releía las cosas que había escrito y las frases me parecían tan inconexas y huecas que no me quedaba más opción que borrar, cerrar y partir una vez más con las manos atadas a la espalda y una mordaza de hierro tapando mi boca.
Supongo que si hoy estoy acá es porque en el fondo de mi corazón siempre supe que debía ser así, tenía que esperar que una de estas madrugadas el frío de la noche, el excesivo calor que me provocan los acolchados de mi cama, la necesidad imperiosa de tomar agua mientras duermo o tu nombre resonando en mi almohada me despertara y me guiara hasta acá.
También creo que tu exilio me enseñó a construir el propio, como si quisiera solidarizarme con vos hasta en los más mínimos detalles y hubiera decidido irme porque seguís sin estar a mi lado y porque a medida que pasan las horas y los días la sensación de tu no retorno pelea palmo a palmo con la esperanza pero parece vencerla en las notas de cada canción que escucho.
Y mientras adentro libro batallas permanentes contra los presagios, afuera el Universo me toca el hombro a cada segundo y me muestra tu cara en la de miles de personas desconocidas, te nombra en los lugares y las situaciones más insólitas y me provoca momentos de llanto inesperados (como las tormentas tropicales) o sonrisas tibias y privadas, como si estuviera compartiendo un secreto con tu alma.
Tal vez sea eso, no? tal vez todas esas cosas que me suceden desde hace trece días no sean más que un permanente intercambio de secretos entre tu vida y la mía pero de ser así me pregunto por qué no me contás un cuento que me haga dormir tranquila en lugar de vivir sobresaltada a cada paso que doy por el simple hecho de encontrarte en todas las baldosas que piso y a la vez no cruzarme con tu mirada en ninguna.
Me parece escuchar tus palabras repitiendo siempre lo mismo: «Morena, tu vida tiene que seguir sin mí» y eso no se discute pero lo que alguna vez me gustaría que comprendieras es que a veces ciertos momentos de mi vida permanecen ahí, quietitos, silentes, expectantes, ilusionados, esperando ese mágico momento en el que tres puntos suspensivos o seis letras le provoquen latidos descontrolados a este corazón que a veces parece estar hecho de arcilla y cambiar de forma cuando volvés.
El exilio me mantuvo lejos de esta casa que construí para que siempre hubiera un lugar donde reunirnos cada vez que regresaras y hoy, cuando por fín decidí sentarme y no levantarme hasta no haber dicho todo, comprendí que había extrañado estas paredes y las ventanas que siempre dejo abiertas por las dudas algún día puedas venir caminando despacio, distraído y las tenues luces de mi cuarto menguante te guíen hasta acá.
«Escríbeme cuando el viento cante entre los árboles»… esas palabras alguna vez te trajeron a mi lado después de muchos meses y como ahora están sonando en el altillo les hago caso aunque te confieso que me resulta inevitable escuchar «… si la luna siempre espera» y no sentir que la marea crece, se acerca a la orilla y arrasa con mi voluntad de permancer entera. Pero cuando siento que me doblega la pena me afirmo en la arena húmeda, escribo otra vez tu nombre con una ramita que encontré escondida entre un montón de caracoles quebrados, miro el horizonte y redoblo la apuesta de la espera.

Cinco minutos o cincuenta años

Voy a buscar un reloj que me sirva, que no se empeñe en funcionar solo sino que se deje manejar por mí y me permita colocar las agujas donde yo quiera.
Le explicaré que es una cuestión de vida o muerte y que a partir de ese momento tendrá que retroceder hasta donde le indique pero sin preguntas ni cuestionamientos.
Cuando las agujas marquen el momento indicado saldré corriendo a buscarte, tropezaré con la gente por la calle y seguramente olvidaré pedirles disculpas, cruzaré los semáforos en rojo, no respetaré ninguna señal de tránsito, tocaré todos los timbres de casas y edificios a cualquier hora hasta que me digan dónde estás y si nadie responde iré a los aeropuertos.
Ningún avión saldría del país hacia lejanas misiones sin que pudiera revisarlo aunque los pasajeros me odiaran y muchos de ellos llegaran tarde a sus citas en otros destinos.
Si ese reloj existiera pondría de cabeza al mundo y lo sacudiría como si estuviera buscando una moneda en un rincón escondido de aquel bolsillo olvidado.
No escucharía ni una sola voz que intentara disuadirme de la tarea por más que proveniera de personas queridas llenas de buenas intenciones. Todo sería en vano salvo buscarte hasta encontrarte y cuando lo hubiera logrado te abrazaría, besaría, cuidaría y llevaría conmigo a esa cabaña en el Sur para quedarnos juntos allí…. cinco minutos o cincuenta años (toda la vida).

Los colores del abismo

Manos y alma de artista, palabras serenas, lienzo blanco sin estrenar y una línea azul para la primera vez.
Pinceladas lilas, risas magenta, planes trazados en el cielo y la luna en la espalda.
Un abismo inmenso que se abre y reclama vida, dos respiraciones que se agitan
y se lanzan juntas al vacío, una mano que posee y otra que acaricia,
dos noches eternas, amaneceres ideales.
La certeza de encontrar lo que se busca y el miedo de perder lo que se necesita.
Encuentro inesperado.
Destino escrito.

Contame

Contame qué se siente al despertar todas las mañanas lejos de alguien que te ama.
Contame cómo haces para caminar distraído cuando en el fondo sabés que estoy de este lado, pensando día y noche en vos. O si preferís contame de qué manera luchás contra los demonios de la memoria, esos que acechan en todos lados y nos atropellan por más que querramos esquivarlos.
En caso de que ninguno de estos temas te agrade contame de qué manera evitás mi recuerdo al escuchar las canciones que sabés que me gustan y escucho una y otra vez.
A ver, si resulta todo tan sencillo, contame cómo esquivás mi silenciosa presencia cuando alzás los ojos y me ves en el cielo mirándote intensamente, persiguiendo tus pasos por la vereda, recordándote quién soy aunque no me toques.
Describime, si podés, el sonido del vacío que se produce a tu lado cuando te sentás de madrugada en ese sillón y no estamos juntos, contame de qué color es tu risa si no la provocan mis chistes, mis atropellos y mi rebeldía.
Dibujame en tres o cinco palabras las paredes del refugio dónde te escondés cuando hay una tormenta furiosa y no nos tenemos para disfrutarla.
Quiero que vos me cuentes todo. Tal vez ya hayas aprendido a olvidarme.

La puerta

Caminó hacia la puerta de entrada de su departamento y cuando estaba a punto de colocar la llave en la cerradura vió que estaba abierta.
Con el corazón latiendo descontrolado dentro de su pecho dudó entre llamar a alguien para que la ayudara o ver qué sucedía, pero a los dos segundos respiró hondo y entró.
No se escuchaba absolutamente nada, la casa estaba sumida en el más absoluto de los silencios, el único sonido que percibía era el de su respiración y aunque desde afuera todo pudiera interpretarse como un acto de inconciencia, algo en el aire comenzó a calmarla lentamente.
Siguió caminando y a medida que lo hacía notaba que las paredes cambiaban lentamente de color, del blanco ceniciento pasaban al azul profundo. Las ventanas se abrían solas dejando entrar ráfagas de aire cargados de hojas secas y crujientes que se desparramaban por todas partes, como si fueran pétalos de flores silvestres.
Las plantas florecían todas juntas, estaba claro que allí no había nadie más que ella y sin embargo parecía que alguien estuviera dirigiendo una orquesta de manera absolutamente sincronizada y armónica.
Sin llegar a comprender a ciencia cierta qué había pasado se recostó sobre su cama y se durmió con una sensación de paz inusual por aquellos días.
A la mañana siguiente despertó en calma, con el sol otoñal entrando por la ventana.
Cuando se dirigía hacia la cocina pasó frente a la puerta de entrada y un papel le llamó la atención asi que se acercó, lo levantó y lo leyó.
Una sonrisa plena inundó su rostro, comprendió, cerró los ojos, recordó y comprobó que las paredes seguían siendo de color azul.

Saber

Para que lo sepas aunque no te importe
O te importe y no hagas nada
Porque la nada también dice mucho
Tanto es lo que pasa que la piel no alcanza
Las metas están cada vez más lejos
la distancia del sentimiento es letal
Como el veneno que saboreo con los recuerdos
o la miel que se derrama sobre tu nombre
Despertarás, dormirás, reirás sin saber
moriré en tu ignorancia
renaceré en segundos robados
Caminaré a tu lado como una sombra
No me escucharás cuando grite que te amo.

Fugaz

Mientras caminaba hacia la oficina sumido en sus pensamientos, la vió.
Iba a escasos metros suyo, andando despacio, como si quisiera que alguien la alcanzara.
Midió sus pasos y pensó que si se apuraba un poquitito podría ponerse a la par y hasta pasarla.
Se lanzó a la aventura, caminó algo más rápido y cuando la había pasado se detuvo frente a ella.
El sol le daba de frente y no podía creer que la viera tan linda, tan posible, tan cercana, tenía miedo de extender sus manos y que se desvaneciera en el aire asi que se mantuvo callado, contemplándola.
Mientras lo hacía, una sucesión de imágenes cruzó por su mente. Pensó en un beso, un abrazo, una charla al caer el sol, risas sobre el cordón de la vereda, esa canción que le gustaba tanto y aquellas manos que quería entrelazar entre las suyas.
Cerró los ojos un instante al suspirar y cuando los abrió ella ya no estaba. Giró sobre sus talones, comprobó que no se había escondido detras suyo, bajó la mirada y siguió su camino sonriendo mientras pensaba que después de todo la felicidad no era más que eso, una presencia breve, intensa y fugaz.

Hacia el fuego, como la mariposa

Y si se quema en forma de angustia o de recuerdo estúpido no puede salir a golpear puertas o mejillas, tiene que permanecer, aprender y tratar de no mirar hacia atrás.
El único problema es que a veces escucha risas apagadas y no termina de establecer si son provocadas por otros o por sus propios fantasmas que deciden reaparecer y recordarle (por su bien, según confiesan) que la traicionaron.
Si pudiera cambiar de piel sería mucho más simple, dejaría tirada en un rincón la que fué marcada y se pondría una con aroma a nuevo y brillo de estreno.
La combinaría con aquella mirada inocente, en el pelo se pondría dos o tres flores azules que le regalaron una vez, se miraría en el espejo y el tiempo retrocedería sin inconvenientes.
Pero no se puede y cuando lo comprende intenta levantarse sola, aunque le cueste.
Se apoya en carcajadas nuevas que la sostienen débilmente y confía en que la última fué la mejor pero en el fondo, cuando se queda sola sabe que hay cosas irrecuperables, vacíos llenos de pena, abismos insalvables.
Y vuelve a revolotear sobre el fuego una y otra vez….

Alumbramiento

Como todas las noches se fué a dormir temprano, dejando las ventanas abiertas de su habitación para que no le faltara el aire.
Durante la madrugada una ráfaga de viento se atrevió a entrar y sin despertarla, con la mayor suavidad del mundo, le hizo el amor.
La recorrió entera, se detuvo en su cabello, sus ojos cerrados, sus labios que dejaban escapar pequeños suspiros de placer inconsciente, sus manos que se aferraban a las sábanas para no perder el control y sus piernas que se abrían casi por azar.
La disfrutó tanto como pudo y se marchó antes de convertirse en huracán.
A la mañana siguiente, enredada entre las sábanas y en medio de los gritos de una pesadilla fatal, parió una ilusión.