Estoy cansada. De mí, de ellos, ellas, del ayer, del antes, de lo que fué y no pudo ser.
Tengo un cansancio desprolijo en el tiempo y en el espacio, rebelde en sus causas y descausas.
Quiero descansar y las ideas para lograrlo huyen de manera atropellada hacia otro lugar para que las reciban con un poco más de tranquilidad y orden.
El espejo me devuelve la imagen de un ovillo sin punta y eso me agota mucho más.
Las zetas resbalan de mis manos y caen rendidas en cada huella que dejo al andar.
Este agotamiento no tiene fin y no tengo la más mínima intención de buscarle el principio.
Pensando en voz alta
Mercado de musas
Que te hayas ido de la manera en que te fuiste siempre constituyó para mí un dolor ciego, sordo e interminable pero que no me hayas dejado ni siquiera una nota avisándome dónde podía encontrar a mis musas para continuar escribiendo es algo que tal vez no te disculpe jamás.
Porque mientras estabas era fácil encontrar temas, motivos y razones para tener mis manos activas sobre el teclado sin embargo ahora, cada vez que quiero escribir algo tengo que pensar mil veces lo que quiero decir y cómo hacerlo.
Seguramente en este reproche escondo el único válido y es el de tu partida pero como contra eso ya no se puede hacer nada dejá que al menos me descargue con algo mucho más liviano como esto.
Por ejemplo ahora mismo estoy empecinada en que este conjunto de letras signifique algo y no sé si voy a lograrlo pero sigo como si al final fuera a encontrarte sonriendo y recordándome que había nacido para escribir.
Hubiera necesitado un post it con tu letra dibujándome un mapa que me guiara para llegar hasta el mercado de las musas, señalándome un puesto donde pudiera comprar tres o cinco para escribir sobre los sueños, una o siete con el color del futuro y once o trece para que me ayudaran a hablar de amor.
En cambio acá estoy, sentada frente a la ventana del altillo mirando esta tormenta que tiñe todo de color gris y recordándote mientras escucho esta canción porque tiene la misma cadencia de aquellas madrugadas eternas en las que supimos hablar de todo sabiendo que el tiempo, en algún momento infame, se iba a terminar.
Plan B
Tal vez lo escuché o lo aprendí cuando era pequeña, lo cierto es que alguna vez supe creer que esto del amor era una cuestión relativamente simple.
Primero vendria el compañerito de la primaria que me tomaria de la mano de manera inocente cuando hiciéramos la fila antes de entrar a clase, luego me pasarían a buscar a la salida de la secundaria y llevarían mis libros hasta que llegáramos a casa y más tarde vendrían las mariposas en la panza con el chico de la facu que me fascinaba y cursaba en la otra cátedra que no me tocó porque su apellido empezaba con F y el mío con M.
La realidad poco y nada tuvo que ver con todo eso por lo tanto me fuí acostumbrando a lo que el destino iba dibujando en mi camino hasta que abandoné el amor de manual y comprendí que mi única meta en esta vida era convertirme en la mujer de la vida de fulano de tal.
Posiblemente mi proyecto fué demasiado ambicioso, capaz que quise dar el paso más largo de lo que me permitía la pollera y por eso mismo esa sombra que alumbró la luna durante tantos años se fué caminando de la mano con la muerte y me dejó sin saber si mi sueño era tan descabellado.
No me arrepiento de haber cambiado el amor de telenovela por uno que se ajustaba mucho más a mi manera de ser, tal vez lo único que me cuestiono ahora es no haber pensado cómo sería mi vida con un plan B.
Tiempo de espera
Montaña rusa
Ahora que miro hacia atrás comprendo que todo fué como una montaña rusa.
Yo me sentaba en el carrito de atrás, me colocaba esa especie de brazo protector alrededor del cuello y esperaba que su presencia en mi vida le diera fuerza al juego y permiso a mi amor.
Cada vez que lo sentía a mi lado me mantenía en las alturas rozando el cielo y cuando creía que el trayecto sería una línea recta, desaparecía y sobrevenía la caida al abismo.
No tenía sentido gritar por lo tanto me acomodaba para afrontar otro recorrido lineal tratando de no contar los minutos que duraba esa vuelta que siempre parecía eterna.
Y cuando ya me sentía segura en la costumbre de esa soledad, otra vez me veía en las alturas porque había regresado.
Tal vez la responsabilidad de tantos cambios era mía por seguir eligiendo el mismo juego en ese parque de diversiones pero no es el momento de arrepentirse por la elección, después de todo esa adrenalina me mantenía viva.
Ojalá a él también le hubiera sucedido lo mismo.
Cambiar la piel
Cada tanto me sucede este raro fenómeno de cambiar la piel.
Comienzo a mirar a mi alrededor, siento que hay cosas que ya mostraron su fecha de vencimiento a los gritos y tengo que ponerme en movimiento.
Lo intento una y otra vez, creo que no voy a poder y de pronto un dia cualquiera algo dentro de mí comienza a adquirir una fuerza arrasadora, siento que el Cosmos se acomoda para darme la bienvenida y solamente miro hacia atrás para registrar en mi memoria aquellas cosas que me hicieron llegar hasta el lugar donde estoy en ese momento.
Al igual que las serpientes, cada tanto abandono aquella piel que me protegió de la tristeza, del llanto o de la soledad y si bien el proceso es doloroso, cuando ya no queda casi nada de aquel cúmulo de escamas desgastadas sigo hacia adelante.
Este proceso me deja absolutamente expuesta y vulnerable porque esta nueva piel no tiene marcas ni cicatrices, no sabe de peligros ni viejas costumbres, es delicada, fina, transparente y por eso mismo es que debo cuidarla más que nunca pero en el fondo sé que eso no siempre es bueno porque si la mantengo así jamás se curtirá ni se volverá dura para convertirse en mi escudo frente a lo desconocido.
Está cayendo el traje antiguo, puedo ver como lo dejo atrás, alcanzo a divisar lo que dentro de poco no será más que polvo que se irá con el aire.
Duele, tira y cuesta pero se vuelve imprescindible para que el viaje sea mucho más ligero.
Recuerdo eterno
¿Quién puede decirnos cuál es la mejor manera de amar y la más certera y eficiente de olvidar?
No existen un manual de intrucción para estas cuestiones y si existiera seguramente no lo leeríamos (como hacemos con los que traen los electrodomésticos) porque nos domina el sentimiento, nos arrastra y nos lleva a un lugar lejano y atemporal donde lo único válido es el ensayo, la prueba y el error.
Así vamos dando tumbos, ensayamos en el enamoramiento, probamos con los «Te amo» cotidianos y lloramos los errores cuando se van de nuestro lado pero como nos cuesta soltar, nos aferramos al recuerdo eterno.
Aún hoy y después de tanto tiempo, reconozco que legitimo su presencia en mi vida y la renuevo cada vez que lo sueño.
Tal vez uno se cura de un dolor por amor cuando recuerda a esa persona y puede sonreír sin lágrimas inoportunas… o no.
¿Dónde se guardan aquellas canciones?
Siempre me pregunté lo mismo y hasta hoy no encuentro ninguna respuesta.
A veces no sé dónde guardar las canciones que escuchaba en determinadas épocas claves de mi vida.
Las que me remiten a momentos felices las quiero tener siempre a mano pero las que me saben a lágrimas se convierten en candela pura y cuanto más lejos quiero tirarlas, más rápidamente vuelven a mí como el más certero y efectivo boomerang.
Hay días en los que desafío al destino y elijo alguna que nubla la vista creyendo que ya pasó todo y al descubrir que no es así empiezo a buscar con la mirada algún rincón donde esconderla pero al no hallar uno lo suficientemente seguro, me enojo conmigo por haber sido tan tonta.
Sin ir más lejos recién estaba buscando una de Ana Belén y tropecé con otra que hace varios años atrás escuché hasta gastarla con mi voz de lija.
Comencé a cantarla despacito y enseguida sentí que iba por mal camino, supe que si continuaba desgranando sus estrofas terminaría llorando por algo que no tiene vuelta atrás y un súbito instinto de supervivencia logró que la arrojara por sobre mi hombro, encendiera un Marlboro y mirara por la ventana del altillo, que no significa otra cosa que mirar hacia adelante.
A pesar de esta decisión urgente sigo sin hallar un lugar definitivo para ellas.
Cinco minutos o cincuenta años
Voy a buscar un reloj que me sirva, que no se empeñe en funcionar solo sino que se deje manejar por mí y me permita colocar las agujas donde yo quiera.
Le explicaré que es una cuestión de vida o muerte y que a partir de ese momento tendrá que retroceder hasta donde le indique pero sin preguntas ni cuestionamientos.
Cuando las agujas marquen el momento indicado saldré corriendo a buscarte, tropezaré con la gente por la calle y seguramente olvidaré pedirles disculpas, cruzaré los semáforos en rojo, no respetaré ninguna señal de tránsito, tocaré todos los timbres de casas y edificios a cualquier hora hasta que me digan dónde estás y si nadie responde iré a los aeropuertos.
Ningún avión saldría del país hacia lejanas misiones sin que pudiera revisarlo aunque los pasajeros me odiaran y muchos de ellos llegaran tarde a sus citas en otros destinos.
Si ese reloj existiera pondría de cabeza al mundo y lo sacudiría como si estuviera buscando una moneda en un rincón escondido de aquel bolsillo olvidado.
No escucharía ni una sola voz que intentara disuadirme de la tarea por más que proveniera de personas queridas llenas de buenas intenciones. Todo sería en vano salvo buscarte hasta encontrarte y cuando lo hubiera logrado te abrazaría, besaría, cuidaría y llevaría conmigo a esa cabaña en el Sur para quedarnos juntos allí…. cinco minutos o cincuenta años (toda la vida).
Los colores del abismo
Manos y alma de artista, palabras serenas, lienzo blanco sin estrenar y una línea azul para la primera vez.
Pinceladas lilas, risas magenta, planes trazados en el cielo y la luna en la espalda.
Un abismo inmenso que se abre y reclama vida, dos respiraciones que se agitan
y se lanzan juntas al vacío, una mano que posee y otra que acaricia,
dos noches eternas, amaneceres ideales.
La certeza de encontrar lo que se busca y el miedo de perder lo que se necesita.
Encuentro inesperado.
Destino escrito.
