Vulnerabilidad

Es uno de esos estados del ser humano que no me sienta especialmente bien.
Me siento absolutamente expuesta, como si algo o alguien me hubiera arrancado la piel a dentelladas y mo tuviera cómo cubrirme de las inclemencias del tiempo.
Asi estoy desde hace una semana, absolutamente vulnerable y con las emociones a la deriva como los barquitos de papel abandonado en un lago.
Ahora que lo pienso estamos en el mes de Julio, hemos pasado el primer semestre del año y se cumple una vez más mi profecía de vida: estoy cambiando la piel tal y como hacen las serpientes.
En estos seis meses me han pasado cosas muy fuertes, cosas que sacudieron mis cimientos de una manera brutal dejándome parada en el medio de la nada y redescubriendo una vez más la vida en general y la mía en particular
Estoy a punto de dar un paso enorme y tengo miedo de equivocarme. Tener miedo es una de esas cosas que aparecieron en mí en estos últimos meses y nunca había sido miedosa asi que tuve que enfrentarme también con eso.
Todo esto hace que solamente pueda llorar desde que me levanto hasta que me acuesto y casi nadie lo sabe ni lo sospecha, solamente una amiga conoce mi día a día y si no lo cuento a nadie más es porque me hunde más aun en el ruido de todas las voces que seguramente de buena fe quieran aconsejarme.
Parecer fuerte y autosuficiente es agotador pero si no tengo esa contención que necesito no puedo darme el lujo de derrumbarme y si hablo de contención pienso en él pero no puedo seguir cargándole todo este paquete, tengo que liberarlo, soltarlo, dejarlo ser el hombre que es y no el super héroe que siempre está ahí para salvarme con sus abrazos.
No existe una sola noche en la que no me acueste pensando en este paso que voy a dar sin sentir que se me va a romper el corazón de pena pero no puedo ser injusta ni egoista.
Estar vulnerable no me sienta bien. Mis ojos se aclaran por las lágrimas, el silencio sella mis labios y mis manos se entumecen de tanto apretarlas cuando me siento angustiada o estrujo un pañuelo de papel empapado en llanto.
Voy en busca del mar y alli tal vez logre equilibrarme o terminar de caer.
Cualquiera sea el resultado espero poder regresar más fuerte de lo que me voy aunque el golpe de la caida sea mortal y parezca no poder recuperarme nunca más.

Días

Hay días en los que siento que me va a estallar el corazón y no precisamente porque tenga una falla cardíaca sino porque no resisto ver imágenes de perritos perdidos, abandonados, enfermos, con mirada triste, desvalidos, maltratados,,,,

Creo que Dios me hizo más piadosa con ellos que con los humanos y no me averguenza decirlo. No tengo resistencia, no tengo aguante, siento que me estrujan el corazón cuando piden refugio o cura para alguno porque esas miradas silenciosas me destrozan el alma, saldría corriendo para poder abrazarlos a todos, para comprarles remedios, chiches, ver aunque sea por un segundo un destello de luz que me haga sentir que se aliviaron.

Los años me endurecieron tanto que ellos son lo único que moviliza mi emoción de verdad.

En la vereda de enfrente

Estoy parada en esta vereda y en la de enfrente veo a alguien similar a mí que pareciera estar esperando algo o a alguien.

La miro y como me asombra tanto el parecido, me detengo a pensar qué cosas podríamos tener en común y para eso me veo obligada a hacer un flashback de mi vida.

De chica siempre quise ser inteligente, espía internacional, patinadora sobre hielo o arquitecta y sin embargo no me dediqué a nada de todo eso pero internamente cuando me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande (pregunta que juré no hacérsela nunca a ningún niño) una vocecita muy firme decía una sola palabra: feliz.

No recuerdo haber tenido nunca un espíritu estilo Susanita Chirusi (una de las amigas de Mafalda) sencillamente porque yo ERA Mafalda por tanto el tema hogar, marido, hijos era algo que dejaba reservado a los vaivenes del destino.

Y así fue como, al menos hasta ahora, el destino quiso que no tuviera hijos y si bien Marcos era el hombre con el que me hubiera gustado ser todo lo que quería Susanita, Dios tuvo otros planes para ambos y él ahora me espera en un lugar demasiado lejano como para llegar ni siquiera tomando un avión.

Creo que me paré en una vereda donde no era requisito fundamental tener un plan trazado para vivir y posiblemente me haya ganado la comodidad y la creencia de que era mejor dejarse sorprender por el destino.

A lo mejor sea conveniente cruzar hacia la otra vereda, quedarme parada en silencio al lado de esa mujer que se parece tanto a mí y observar detenidamente sus movimientos, intentar escuchar sus pensamientos, adivinar lo que transmite su mirada y descubrirme en su misteriosa similitud.

¿Quién me asegura que ella no sea yo misma a punto de estrenar una nueva vida?

Enojo

Estoy enojada conmigo, no tolero esta sensación de idiotez que me atrapa cada tanto.

Es mentira que estoy enamorada, es mentira que quiero irme, hoy todo lo que dije ayer es mentira y eso me enoja hasta el cansancio.

No soporto mi inconstancia, es inaceptable esta manera tan volátil que tengo de ser.

Estoy sola, no me siento mal (tampoco en la gloria pero al menos no mal) y cuando más o menos conservo el balance en mi interior puedo mirar hacia atrás y ver la cantidad de estupideces que dije e hice. Es entonces en ese momento cuando comienza a crecer este enojo conmigo misma y a comprender que es preciso que cambie, que me modere un poco y piense antes de actuar.

Complicado será revertir lo que dije sobre estar enamorada, tengo la sensación de que nadie va a creerme pero creo que lo más convincente que puedo decir a mi favor es que nadie que esté realmente enamorado deja de extrañar a la persona que quiere, deja de necesitarla o de querer estar a su lado y mi realidad es que no lo extraño, hoy no lo necesito ni quiero estar con él.

Reconocer eso no me enoja, me alivia.

Dolor

Llevo casi un mes donde todo me hace mal, todo me duele, me lastima y lo único que sé hacer con precisión es llorar.

Me miro al espejo y veo que me falta luz en la mirada, me falta algo de la alegría que me caracterizaba cuando me nombraban ciertas cosas, lugares o palabras.

Es como si hubiera adquirido la habilidad de deshacerme en lágrimas y dejar que el viento me arrastre de la misma manera en la que arrastro los pies al caminar por la calle con la mirada gacha.

No sé cuándo se irá este dolor (si es que alguna vez se va) y qué cosas se llevará con él pero si de algo estoy segura es de que cuando ya esté lejos y se haya convertido en un punto mínimo en el horizonte, no volveré a ser la misma nunca más.

Refugio

Es casi matemático: cuando sentimos que estamos en peligro, tengamos la edad que tengamos, buscamos un refugio, el que se encuentre más a mano y si no es un lugar físico (casa, auto, puente) corremos hacia el espiritual.

Yo tengo uno que seguramente me envió mi madre desde el cielo.

Mi refugio tiene nombre de varón y la vida quiso que lo conociera hace ya más de dos años, que lo viera cada tres o cuatro meses y significara la pérdida del miedo a pasarme algo solamente con un abrazo.

La primera vez que me dió un abrazo de bienvenida sentí algo que no había sentido jamás y cuando logré poner esa sensación en palabras descubrí que de eso se trataba la seguridad.

Un abrazo suyo representa para mí estar a salvo del mundo, de todos los peligros, miedos, dolores, pérdidas, abandonos. En ese abrazo hay una alquimia extraña que me convierte en una niña que necesita de esa protección y cuando la encuentra se vuelve adulta, segura y valiente y es entonces cuando puedo suspirar aliviada y relajarme porque desde el fondo de mi alma escucho una voz muy suave que me dice que nada me va a pasar.

El es ese techo bajo el cual puedo guarecerme en medio de una tormenta, el espacio pequeño pero infinito de su abrazo me aleja de cualquier vendaval y me avisa que todo va a pasar en cualquier momento.

El es sol cuando sonríe, leña encendida en pleno invierno, viento Sur cuando los problemas empañan la visión y se necesita  despejar el camino. Es compañia a la distancia, el que me baja la luna llena desde el Este cuando mis ojos no alcanzan a verla y el que me abre su corazón de madrugada cuando la vida nos permite contarnos lo más lindo y lo más feo que nos pasó en este mundo.

Es mi hilo rojo o de plata, aquél que no se corta ni siquiera con el filo más agudo. Es mi salvoconducto hacia la paz y la simpleza que en él desborda permanentemente y que a mí tanta falta me hace.

Es la prueba fehaciente de que la libertad puede acomodarse entre sus brazos y mi cabeza sobre su hombro.

El poder de la palabra

Pocas cosas en esta vida destruyen o construyen tanto a un ser humano como la palabra.
Nos pueden acariciar o cortar el alma según quién y cómo las usen.
Hacía mucho que alguien no me heria tanto con las palabras como lo hicieron el viernes, hacía mucho que alguien no me atacaba y destruía de la manera en que me destruyeron ese mediodía.
Hacía exactamente ocho años que no caminaba por la calle llorando y mirando hacia abajo como me sucedió hoy y eso aumentó mi dolor, mi pena y mi tristeza.
Tambien es justo decir que para contrarrestar esas palabras que me lastimaron vinieron muchas otras y de diferentes lados, que se convirtieron en bálsamos para tanto dolor pero aún así sigo sintiendo el puño cerrado del golpe en el medio del pecho y por momentos vuelve a mí la falta de aire y el ahogo profundo que me provoca seguir en esta ciudad.
Necesito desaparecer, ir en busca de mi destino, de mi lugar en el mundo y quiero hacerlo antes de que la amargura me gane y me paralice.
A veces las letras suben y bajan en un mismo renglón porque bailan y forman palabras suaves, con cadencia y armonía y en otras ocasiones se quedan estáticas formando el filo que corta y hace sangrar el alma.
Mirar mi interior y ver que todavía quedan algunas gotas de sangre fresca, densa y oscura me espanta pero de alguna manera tengo que revertir la situación y aplicar una meta, un sueño, una ilusión o un plan sobre esa herida y lograr que cicatrice a la brevedad.

La leyenda de las mariposas

Crecemos escuchando que una de las manifestaciones más evidentes del enamoramiento es la sensación del aletear de las mariposas en el estómago y nos convencemos de ello, adoptamos la creencia y la vamos transmitiendo de generación en generación.

Cuando conocemos a alguien sentenciamos todo diciendo: «Siento mariposas en el estómago» o todo lo contrario y en ese momento comenzamos la épica tarea de continuar alimentando el romance o cortarlo de cuajo según sea uno u otro caso.

El arrobamiento que nos provoca el romance despierta sonrisas en nuestras bocas, nos entibia el alma, logra que nuestras mejillas se sonrojen y que vivamos en una especie de microclima donde nada nos puede malograr el día y mucho menos la vida y es en ese momento en el que sentimos su aletear permanente creemos que son miles pero no todos sabemos que algunas de ellas solamente viven veinticuatro horas, tiempo suficiente como para salir de su crisálida, poner las crías y morir en la próxima jornada.

¿Pero qué pasa si ese amor no es correspondido o si se ha marchado? La mayoría de las veces nos vemos envueltos en un estado de tristeza, pena, dolor y se sabe que esos sentimientos suelen provocar lágrimas en los seres humanos.

Las lágrimas son como gotas de lluvia propias, privadas, que cada uno decide cómo y cuándo soltar y que poco tienen que ver con el factor climático. Nos abandonan, dejan de amarnos y ellas acuden como un bálsamo reparador para tanto dolor.

Cuando salen corriendo e inundan nuestros ojos las sentimos pesadas, densas, como si estuvieran hechas de mercurio y no de agua salada pero mágicamente alivianan su peso al trasponer el umbral de las pestañas, resbalar por nuestras mejillas y terminar deshechas sobre nuestra ropa, estrelladas contra la almohada o muchas veces cayendo inevitablemente contra el frío y duro suelo que nos sostiene.

Y es ahí, en ese trayecto, cuando la leyenda de las mariposas se desvanece por completo porque sus frágiles alas no soportan el peso de nuestras lágrimas. Nuestra pena es tan pesada que no la aguantan así como tampoco nuestro corazón y aún sin quererlo las vamos matando una a una con cada lágrima sin darles tiempo a escapar y cobijarse en otras ramas, otros árboles u otras almas que recién hayan comenzado a amar.