Todo lo que está sucediendo es muy extraño.
Es lindo, emocionante, movilizante, adrenalínico, esperado, inesperado, planeado, sorprendente….
Lo que más me atrapa es no conocer el final.
Todo lo que está sucediendo es muy extraño.
Es lindo, emocionante, movilizante, adrenalínico, esperado, inesperado, planeado, sorprendente….
Lo que más me atrapa es no conocer el final.
Veamos, algo dentro de mí está mutando día tras día como si fuera un mono saltando de rama en rama.
Ayer ya me acosté sintiéndome distinta y hoy estuve extraña todo el santo día. Rara mezcla de calma con ganas de….
¿De qué?
De escucharlo, verlo, abrazarlo y todo eso gracias a que ví ESA foto (especial como pocas) de casualidad.
Y son ganas, no es que lo extrañe, son ganas que nacieron en un instante, se fueron al siguiente, volvieron más tarde, se fugaron cuando se nubló y reaparecieron tímidamente ahora que cayó el sol.
Son ganas intermitentes, recurrentes pero no asfixiantes.
Viniendo de mí es una sensación MUY extraña.
En fin…. MALDITA FOTO! (¿por qué me despertaste las ganas dormidas?).
Por cuestiones de trabajo suelo tomar muchos taxis. A veces converso con quienes los manejan, a veces no y cuando esto sucede ruego para que tengan encendida la radio o pongan música para que el viaje no se haga eterno,
Hoy tomé uno y me relajé escuchando la música hasta que comenzó a sonar «Feelings», de Morris Albert y me resultó inevitable comenzar a cantarla.
El taxista me preguntó si me gustaba, subió el volumen y canté hasta que comenzó otra (Raindrops keep falling on my head) y el señor (tendría unos 60 años y poco más) me contó que cuando estaba de novio con quien hoy era su esposa, tomaban el tren para ir a pasear y si llovía, al bajar caminaban pisando los charcos de la lluvia y cantaban esta canción.
Mientras lo escuchaba me moría de ternura pero remató el recuerdo diciendo: «Hoy, después de cuarenta y cinco años juntos grita todo el tiempo y no la soporto más». Luego de eso agregó que le encantaba la mejor amiga de su esposa pero comprendía que a ella no la dejaría nunca y que la amiga no era una mujer con la que pudiera convivir porque era super atractiva pero complicada, difícil.
Automáticamente surgió en mí una idea, un pensamiento, una forma que se la transmití sin anestesia.
Le dije que los hombres suelen elegir a las mujeres que consideran buenas para ser madres, esposas fieles, amas de casa, las que mantienen el hogar y prefieren soñar con las que les provocan fantasías, las que les dejan una marca indeleble en el recuerdo pero saben perfectamente que con ellas nunca llegarán a nada.
El señor me escuchaba atentamente y le dije que hablaba desde el lado de la que puede acercarse a un hombre, pasar por su vida, modificarla pero solamente por un instante en el tiempo, la mujer encantadora de serpientes, la sirena de la isla, la que es y no es, la que refleja una imagen en la mente del hombre pero nunca termina de cobrar la vida suficiente como para permanecer a su lado y crear un vínculo definitivo.
Una vez que llegamos a destino el buen hombre detuvo el auto, me miró por el espejito retrovisor y me dijo: «Llevo treinta y cinco años como taxista y es la primera vez que escucho a una mujer decir estas cosas, es la primera vez que escucho a una mujer tan plantada en la vida, tan consciente del rol que ocupa en la vida de un hombre. Nunca me había pasado eso, jamás una mujer había sido tan sincera y descarnada consigo misma».
Le pagué, lo saludé, me bajé del taxi y antes de entrar al lugar al que iba me detuve a pensar un segundo en lo que había pasado en ese automóvil y concluí en que hay dos posibilidades: soy demasiado brutal conmigo o los demás piensan que es imposible que una mujer no logre alcanzar la felicidad.
Sea como fuere me quedó un sabor agridulce en la boca, una rara mezcla de orgullo por ser como soy y otra de desasosiego por la misma razón porque es la que me lleva a la soledad de las sirenas en la isla contra la que terminan estrellándose todos los barcos por escuchar su canto.
El silencio en el que me he sumido desde que no estás es tan grande que me aturde.
Paso muchas horas sin hablar con alguien, siento que tengo los labios sellados, te extraño pero al mismo tiempo te escucho o te veo dando vueltas por la habitación todo el tiempo.
Tengo miedo de no haber hecho las cosas bien, de haberme apresurado, equivocado.
Extraño tu mirada, tus ojitos que me hablaban todo el tiempo, acariciarte y morirme de orgullo cuando tu pelo color azabache brillaba bajo el sol.
Tengo un dolor sordo que me quema el alma, no me alivia ni una de todas las lágrimas que derramo pensando en vos.
Te llevaste tanto, fuiste tanto para mí y el vacío que quedó es tan grande que no sé cómo llenarlo.
Me duele tanto el alma que creo que por algún lado debe estar sangrando irremediablemente.
Solamente para poder sacarlo, para que salga de mi cuerpo a través de la yema de mis dedos y flote en el Universo.
Te imagino llegar y sonrío, es inevitable.
Hay una fuerza gigante que me arrastra por el mismo camino una y otra vez.
Y me gusta, me encanta….
Estás en todas partes, aparecés por todos lados y tu sonrisa a veces me vuelve invencible.
Mucho me han dicho sobre la protección que recibo «desde arriba» y es absolutamente cierto.
El dolor por la muerte de mis seres más queridos ha ido menguando con el paso del tiempo pero nunca fue olvidado, simplemente aprendí a convivir con él y tal vez también haya aprendido a que no me paralice pero parte de este aprendizaje se ha basado en el hecho de saber que mi madrina, mi madre, Marcos y ahora el negrito son quienes me protegen permanentemente.
A veces grafico la proteccción de mi madre diciendo que siento su presencia y su mano apoyada sobre mi hombro izquierdo día tras día.
No sé bien por qué la ubico de ese lado pero lo cierto es que ella está allí todo el tiempo, haga lo que haga y sea la hora del día que fuere.
Marcos no tiene un espacio específico a mi alrededor pero también está. Normalmente lo encuentro cuando duermo y me despierto sintiéndolo a mi lado en la cama, mirándome, acostándose, abrazándome y haciéndome sentir cuidada y protegida.
Mi madrina sé que está pero nunca pude sentir de manera tan específica en qué momento, cómo o dónde.
Hoy se cumple una semana de la partida de mi negrito precioso y con el correr de los días conoceré su manera de manifestarse frente a mí.
Esta certeza que podría llamarse fé, ha ido creciendo con el correr de los años. Me he convertido en una mujer de fé y creo ciegamente en lo que digo, vivo rodeada de una energía protectora que me cuida, resguarda, respalda y acompaña segundo a segundo.
Mis ángeles de la guarda son reales, efectivos, me entrego a ellos y confío y creo que eso se ve, se siente, proyecto casi sin querer esta energía y la multiplico cotidianamente.
Pero esta no es la única seguridad que sostengo interiormente.
Me he vuelto mucho más segura respecto a lo que soy capaz de brindarle a la gente que amo y el ejemplo más claro de eso es la relación que tengo con Augusto.
Darle lo mejor de mí, quererlo sanamente, intentar ayudarlo en todo lo que pueda, tratar de mostrarle la clase de hombre maravilloso que es, darme (y darle) la posibilidad de divertirnos juntos con pequeñas cosas, hacer de cada viaje un puñado de días felices y ver los resultados semana tras semana ha logrado que sienta este otro tipo de seguridad que me permite pararme con más firmeza en la vida.
Hacía mucho tiempo que no sentía esto de mirar hacia los costados y decir: quiero, me quieren, qué más puedo pedirle a la vida? Nada! Tengo que sentirme afortunada y agradecida porque no todos pueden decir que quieren y son queridos, muchos pasan la vida detrás de estos sentimientos como el burro persiguiendo a su zanahoria y nunca llegan a agarrarla.
Esta seguridad que siento hoy no me la regaló nadie, la conseguí a punta de puro remo, de proponerme metas internas, de pasar dolores agotadores en mi alma y en soledad, de caerme diez mil veces y levantarme otras tantas pero por sobre todas las cosas de creer que me la merezco, merezco tener gente que me proteja, me cuide tanto en esta vida como en otra y que me quieran de la misma manera que quiero.
Me duelen los ojos cada vez que mi mirada choca contra los bloques de cemento que forman los edificios situados alrededor de mi casa.
Me duelen los oídos cada vez que escucho el ulular de las sirenas de las ambulancias, el ruido de los frenos de los automóviles que pasan por las calles o los gritos de alguna que otra persona que pierde los estribos en esta furiosa ciudad.
Me duele la memoria cada vez que recuerdo mis amaneceres frente al mar y el vacío que me deja el silencio de esta casa hace que mi alma duela mucho más que cualquier cosa.
La rutina se adhiere a mi piel como el sol abrasador de este verano que recién comienza y me provoca llagas invisibles.
El desorden en mi habitación aumenta conforme pasan los días y mi voluntad desaparece progresivamente.
Quisiera que el tiempo corriera veloz como la luz, sin embargo lo único que consigo es comprender que arrastra los pies empecinado, como burlándose de mi apuro por agotar en segundos los noventa días que faltan para mi libertad.
Mi compañero fiel ya no vuelve, fue hacia su destino final un poco cansado pero sabiendo que yo no iba a permitir que nada más lo perturbara.
Vos estás del otro lado viviendo tu vida y tal vez, de a ratitos, esperando que estos noventa días pasen rápido para verme llegar y volver a reír.
Pero de esto último no tengo certezas, sólo sospechas.
Mi única verdad es esta soledad que me habita y que parece aquerenciarse obstinadamente conmigo.