Cuando se menciona la palabra separación, el 99% de las personas asumen que se habla de separación de pareja y en realidad no es así.
Un ser humano se separa todos los días de su piel, por ejemplo. La piel muerta cae y deja espacio a la nueva aunque sea en porciones mínimas.
Podemos separarnos de familiares, amigos, parejas, mascotas, espacios habitacionales y creo que la separación más difícil es la que tenemos con nosotros mismos.
Cambiamos día a día, no somos los mismos de ayer y mucho menos los que éramos hace años.
El punto crítico es ver cómo se plantean estas separaciones y cómo se cierran.
En lo personal, y al menos hasta nuevo aviso, me he separado del amor. Descubrí que no sé amar, que me desgaste, nazco, crezco, brillo y muero estruendosamente en ese amor, me desplomo y sólo quedan ruinas de lo que yo era.
Me costó un mundo entenderlo y cuando lo conseguí lo único que decidí fue cerrar la caja donde guardo el amor y tirar la llave al mar.
Está bien? Está mal? No lo sé y tampoco quiero averiguarlo. Tengo cosas más urgentes que aprender sobre mí. Tal vez, cuando todo lo urgente e importante esté aprendido y acomodado, llevaré esa caja a un xerrajero para que pueda abrirla, me de un juego de llaves nuevas y trate de aprender a amar tan bien que no necesite separarme más de mi corazón.