Volver

Soy una convencida, casi una talibana de la absoluta inexistencia de los conceptos nunca, siempre y jamás llevados al campo de la práctica.

Desde la teoría lo sostengo a rajatabla y más de un dolor de cabeza me ha traído sostenerlo a capa y espada hasta que me tocó vivirlo en carne propia.

Me fuí de mi tierra para no volver allá por el 2020 y regresé voluntariamente el año pasado.

Cuando me fuí, en mi mente sólo se escuchaba «Lo logré, soy libre, no vuelvo nunca mas».

Cuatro años después regresé, desesperada por amanecer en cualquier mañana de Buenos Aires.

Los que me conocen no lo podían creer, qué me había pasado, por qué había vuelto? y la respuesta era tan simple como controversial: dejé de ser feliz.

Materialmente tenía todo pero después no tenía nada. Ya no estaba enamorada, no disfrutaba mi casa, extrañaba a mis amigas, a mis amigos, a mis rincones preferidos de Buenos Aires y lo peor de todo es que me dolía una soledad que desconocía.

Mi único refugio era estar con Alma y Chaval pero no alcanzaba, no era suficiente y con todo el dolor del alma tomé la decisión de volver.

Para eso tuve que dejarlos y asumir que mi alma se iba a desgarrar inevitablemente, que sumaria otra herida que seguramente no dejaría de sangrar jamás, como la de Otelo.

Hice lo que debía, dejé todo sin mirar atrás y regresé.

Hoy, un año después, veo que tomé la decisión correcta aunque como nada es perfecto, vivo ajustando detalles.

Ahora tal vez no sea el momento de contarlos pero ya llegará la hora indicada así como llegó ésta.

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