Por cuestiones de trabajo suelo tomar muchos taxis. A veces converso con quienes los manejan, a veces no y cuando esto sucede ruego para que tengan encendida la radio o pongan música para que el viaje no se haga eterno,
Hoy tomé uno y me relajé escuchando la música hasta que comenzó a sonar «Feelings», de Morris Albert y me resultó inevitable comenzar a cantarla.
El taxista me preguntó si me gustaba, subió el volumen y canté hasta que comenzó otra (Raindrops keep falling on my head) y el señor (tendría unos 60 años y poco más) me contó que cuando estaba de novio con quien hoy era su esposa, tomaban el tren para ir a pasear y si llovía, al bajar caminaban pisando los charcos de la lluvia y cantaban esta canción.
Mientras lo escuchaba me moría de ternura pero remató el recuerdo diciendo: «Hoy, después de cuarenta y cinco años juntos grita todo el tiempo y no la soporto más». Luego de eso agregó que le encantaba la mejor amiga de su esposa pero comprendía que a ella no la dejaría nunca y que la amiga no era una mujer con la que pudiera convivir porque era super atractiva pero complicada, difícil.
Automáticamente surgió en mí una idea, un pensamiento, una forma que se la transmití sin anestesia.
Le dije que los hombres suelen elegir a las mujeres que consideran buenas para ser madres, esposas fieles, amas de casa, las que mantienen el hogar y prefieren soñar con las que les provocan fantasías, las que les dejan una marca indeleble en el recuerdo pero saben perfectamente que con ellas nunca llegarán a nada.
El señor me escuchaba atentamente y le dije que hablaba desde el lado de la que puede acercarse a un hombre, pasar por su vida, modificarla pero solamente por un instante en el tiempo, la mujer encantadora de serpientes, la sirena de la isla, la que es y no es, la que refleja una imagen en la mente del hombre pero nunca termina de cobrar la vida suficiente como para permanecer a su lado y crear un vínculo definitivo.
Una vez que llegamos a destino el buen hombre detuvo el auto, me miró por el espejito retrovisor y me dijo: «Llevo treinta y cinco años como taxista y es la primera vez que escucho a una mujer decir estas cosas, es la primera vez que escucho a una mujer tan plantada en la vida, tan consciente del rol que ocupa en la vida de un hombre. Nunca me había pasado eso, jamás una mujer había sido tan sincera y descarnada consigo misma».
Le pagué, lo saludé, me bajé del taxi y antes de entrar al lugar al que iba me detuve a pensar un segundo en lo que había pasado en ese automóvil y concluí en que hay dos posibilidades: soy demasiado brutal conmigo o los demás piensan que es imposible que una mujer no logre alcanzar la felicidad.
Sea como fuere me quedó un sabor agridulce en la boca, una rara mezcla de orgullo por ser como soy y otra de desasosiego por la misma razón porque es la que me lleva a la soledad de las sirenas en la isla contra la que terminan estrellándose todos los barcos por escuchar su canto.