Me duelen los ojos cada vez que mi mirada choca contra los bloques de cemento que forman los edificios situados alrededor de mi casa.
Me duelen los oídos cada vez que escucho el ulular de las sirenas de las ambulancias, el ruido de los frenos de los automóviles que pasan por las calles o los gritos de alguna que otra persona que pierde los estribos en esta furiosa ciudad.
Me duele la memoria cada vez que recuerdo mis amaneceres frente al mar y el vacío que me deja el silencio de esta casa hace que mi alma duela mucho más que cualquier cosa.
La rutina se adhiere a mi piel como el sol abrasador de este verano que recién comienza y me provoca llagas invisibles.
El desorden en mi habitación aumenta conforme pasan los días y mi voluntad desaparece progresivamente.
Quisiera que el tiempo corriera veloz como la luz, sin embargo lo único que consigo es comprender que arrastra los pies empecinado, como burlándose de mi apuro por agotar en segundos los noventa días que faltan para mi libertad.
Mi compañero fiel ya no vuelve, fue hacia su destino final un poco cansado pero sabiendo que yo no iba a permitir que nada más lo perturbara.
Vos estás del otro lado viviendo tu vida y tal vez, de a ratitos, esperando que estos noventa días pasen rápido para verme llegar y volver a reír.
Pero de esto último no tengo certezas, sólo sospechas.
Mi única verdad es esta soledad que me habita y que parece aquerenciarse obstinadamente conmigo.