Había una vez…

Una chica que mentía para que nadie la conociera realmente.

Ella creía que era convincente y seguramente la mayoría compraba sus mentiras, tal vez porque les importaba muy poco de su vida.

Lo cierto es que era una romántica incurable, moría porque un hombre se enamorara perdidamente de ella, que la defendiera a capa y espada de todo y de todos, que velara por ella y la mirara como si fuera la única en el mundo, eligiéndola por sobre cualquier otra mujer en el planeta.

Pero todas esas cosas no se las contaba ni mostraba a nadie, muy por el contrario. Se disfrazaba de mala, ermitaña, arisca y malhumorada.
Hasta que un día se enamoró después de muchos años de no sentir nada por nadie pero, para no perder la costumbre, se enamoró de un hombre maravilloso que la quería mucho pero no la amaba.

Esa chica que mentía para protegerse de los demás olvidó una premisa fundamental: la mentira daña unicamente al que la inventa y así fue como terminó sola, enredada en su propia mentira y hablándole a un corazón sordo y cobarde.


La confusión es clarisima

No sé si sos vos o soy yo pero alguno está mandando o captando las señales cruzadas.

Escucho algo pero veo lo contrario.

Digo lo opuesto a lo que de verdad quiero que pase y no termino de entender si las cosas se interpretan por lo que digo o por lo que de verdad tengo ganas de que pase.

Tengo el cerebro congestionado como si fuera la Avenida Libertador, mano al Norte, un viernes a las siete de la tarde.

A veces estoy tan cansada de pensar que tengo sueño, mi mente pide a gritos descansar de tanto ir y venir tratando de interpretarte y de hacerme entender.

Necesito tu cajita de la nada.