Chau Facebook

Anoche finalmente me decidí y después de casi nueve años, cerré mi cuenta de Facebook.

Entre que me había aburrido, que tenía que lidiar contra los que la querían hackear, las cosas que tenía que privarme de poner para no exponer a otros y atajar penales para no ofender a los que se ofenden por nada, mandé todo al cuerno y cerré la cuenta.

Me quedo con Instagram (veremos hasta cuándo) y con este blog.

Viví tres tercios de mi vida sin redes sociales, puedo continuar de esa manera hasta los 97, cuando la Parca me venga a buscar.

Ladrona de espacios públicos


Hace un par de años ví una película bellísima llamada «La ladrona de libros». 

Si la protagonista fuera yo, se llamaría «La ladrona de espacios públicos».

En Punta del Este tengo «Mi pérgola» frente a la isla Gorriti y allí voy a ver los atardeceres más bellos del mundo. Obviamente que se trata de un lugar público pero hace años decreté que era de mi propiedad y me «enojo» cuando voy y alguien ocupa mi asiento favorito.

Otro rincón que compré con el corazón es el mirador de Casapueblo. Llegar a PDE y no entrar dos minutos antes de ir a Caleta es como no saludar a un anfitrión si me invitan a una fiesta.

Ese mirador es mágico, siento que llego y la ciudad me recibe y hasta me dice que me extrañó durante todo el tiempo que no estuve.

Y el que no quiero ceder jamás es el Faro de José Ignacio.

Cuando estoy llegando a ese lugar, el corazón me late más rápido y puedo quedarme horas frente a él mirándolo y escuchando música.

Son imanes que me sostienen firme y me repiten en silencio que esa tierra es para mí, que mi vida tiene que terminar alli y no aquí, que debo dejar este mundo oliendo y sabiendo a sal, a la sal de mi mar en La Brava.

Buenos Aires me ha tentado con un solo lugar para perpetrar el robo y es el Jardín Japonés.

Fuera de ese predio, nada me despierta interés ni fuerza que me atrape tanto como para «delinquir».

New York es otro tema. Creo que alli me darían cadena perpetua porque hay mil rincones que robaria pero por motivos muy diferentes a los de Punta del Este.

New York es la fascinación, el deslumbramiento, la adrenalina invadiendo mi cuerpo a una velocidad inmanejable.

Buenos Aires es la muerte agónica.

Punta del Este es la paz, la calma, el amor en estado puro, la emoción y la película de toda mi vida proyectada frente a mis ojos en cada amanecer, en cada atardecer, en las maravillosas tormentas que vienen del Sur y en cada luna llena que sale sobre el mar.

Porque la luna esteña…. ella también me pertenece.

No es complicado

Ayer me dijeron: «Seguramente te admira» y mi primer pensamiento fue lo que después se convirtió en respuesta.

No quiero admiración, veneración ni idolatría porque soy imperfecta  (gracias a Dios) e igual a cualquier ser humano.

Lo único que busqué y buscaré hasta la muerte es que me amen y ser feliz.

Lo demás es cartón pintado.

En cámara lenta

Los días pasan y sobreviene lo previsible e inevitable: la realidad.

En mi caso la caída es en cámara lenta, lo que me da tiempo suficiente para ver otras cosas que debo agarrar en el descenso para poder analizarlas cuando aterrice.

Las situaciones que voy sumando no son las más placenteras ni las que me hubiera gustado elegir pero son las que están y debo hacer algo con ellas, al menos lo mejor que pueda.

Muchas me centran y otras me alejan inexorablemente de él pero tarde o temprano el final va a ser el mismo.

Para ser sincera no imagino cómo será vivir sabiendo que no vamos a estar juntos como ahora pero el tiempo irá acomodando las piezas (o no) y seguiremos adelante.

Sé que él lo va a lograr mucho más fácil y rápidamente que yo y eso me tranquiliza.

En lo que a mí respecta… que sea cómo deba ser y que el destino se encargue de todo.

Música y más música 

Hace un largo rato que estoy en mi habitación escuchando música a todo volumen y de pronto cai en la cuenta de que me sentía equilibrada.

Fue un segundo, casi se me escapa pero logré registrarlo y reafirmé lo que siempre digo: no puedo vivir sin música.

En este breve instante que pasó me sentí tranquila, en paz, como en caída libre pero sin miedo y hasta me descubrí soñando con los ojos abiertos.

De nervios y responsabilidades

Ayer tuve una conversación muy extensa con un amigo mío y entre tantos temas, hablamos de edades, pareja e hijos.

En un momento él expresó que consideraba una irresponsabilidad querer tener un hijo a cierta edad y como ejemplo dijo a los 60 y pico en el caso de los hombres.

Un sinfin de alarmas comenzaron a sonar en mi mente y le dije que de acuerdo a su criterio yo era una potencial irresponsable por querer tener un hijo a esta altura de mi vida.

Su respuesta fue que él no me juzgaría y respetaría mi decisión, lo que para mí fue un «Si, serías una irresponsable pero no te lo digo porque soy tu amigo y no quiero lastimarte»

Su teléfono se quedó sin batería y la conversación quedó trunca pero me rebotó lo que dijo durante todo el día de hoy.

Este ha sido un lunes caótico en la ciudad: paro general de transporte, necesidad de llegar a trabajar, no poder dejar de pensar en la charla de ayer y comprender que estoy a siete días de uno de los puntos de inflexión más grande de mi vida: el viaje.

Resultado: tengo un nudo en el estómago del tamaño del planetario y las cervicales rigidas como una columna griega.

En cualquier momento estallo como un campo minado.

No es raro, es nuevo

Hace un par de semanas que cuando pienso en el viaje que se viene repito una frase sin cesar: «Es todo tan raro».

Recién comprendí que lo que está sucediendo no es raro, es NUEVO.

Todo esto que vivo es absolutamente nuevo para mí porque desde que el mundo es mundo siempre he viajado sola (salvo en alguna que otra ocasión en la que se hacían viajes cortos con amigas) y ahora me veo frente a una situación completamente desconocida que es la de viajar acompañada y encima con un hombre.

Debo cambiar mi manera de expresarme. Esto no es raro, es nuevo y como tal deberé manejarlo con cuidado porque no todas las cosas nuevas vienen con un manual de instrucciones para no arruinarlas de entrada.