Somos un montón de cosas que, como pasa muy a menudo, se entremezclan tanto que se convierten en algo indefinido.
Somos lo que no sabemos, lo que sentimos y adivinamos.
Lo que queremos, soñamos, buscamos y muchas veces ni siquiera encontramos.
Lo que podemos, lo que nos dejan, lo que nos animamos a ser después de vencer miedos y prejuicios que ni a nosotros mismos nos confesamos.
Somos lo que imaginamos que seríamos desde el día en que nos miramos a los ojos por primera vez y lo que la realidad al fin nos dejó ser.
Una proyección en la pared, una sombra negra que se proyecta sobre una tela blanca que cuelga suspendida de dos pequeños lazos y el viento mueve a su antojo.
El yin y el yang, la luna llena y el reflejo de su luz sobre el mar, el silencio de todos nuestros sonidos al reírnos y al callar.
Somos lo que estamos construyendo sin planos, lo que el instinto nos grita desde adentro, lo que nos demostramos pero con miedo a ir por más.
Dos planetas a punto de explotar, un montón de piedras que se dejan acariciar por el manso discurrir del río, un volcán que amenaza permanentemente con entrar en erupción.
Somos el agua que extingue al fuego pero que sin él no podría entrar en ebullición.
Somos libres y sin embargo hay días en los que estamos presos por nuestra propia libertad.
Nos lastimamos para poder curarnos las heridas mutuamente, somos nuestros verdugos y al mismo tiempo los únicos que nos salvamos de la condena que nos impusimos.
La vida y la muerte. Eros y Tánatos. El aire y el encierro.
Somos nuestra propia invención del amor.