Ser libre

Creo que después de ser feliz, lo que más me ocupa en esta vida es ser libre.

Para ambas cosas se precisa ganas y la consciencia de que son conceptos absolutamente subjetivos y efímeros.

Lo que para mí pueden significar felicidad y libertad, para otros pueden parecer tonterías y viceversa pero si hay una mochila que no quiere llevar sobre mis espaldas cuando parta de este mundo es la de no haberlas buscado.

Recién terminé de ver un capítulo de una serie y la última escena tumbó en mi interior una ficha que me llevó a abrir la hoja del blog y escribir sobre la libertad.

Millones de personas han dicho que se puede estar en la peor de las celdas de máxima seguridad en una cárcel y ser absolutamente libre porque todo está en la mente.

Seguramente es así porque nadie manda en mis pensamientos, soy la única dueña de ellos y puedo irme a cualquier parte del Universo sin necesidad de moverme de una baldosa pero en algún momento voy a necesitar otras cosas que me hacen sentir libre y por sobre todo: darme aire, oxígeno, adrenalina, sentir la velocidad de la sangre corriendo por mis venas.

Obviamente que no soy parecida a nadie y eso salta a simple vista sencillamente por una cuestión filosófica pero sé que tengo una manera bastante particular de ser y ver la vida.

Irme el jueves a Punta del Este es el comienzo de un viaje a la libertad pero además necesito el preciso instante en que me entreguen las llaves de la camioneta, abroche el cinturón de seguridad, encienda el equipo con el mp3, ponga primera y arranque.

Ese momento en el que comience a rodar por la costa escuchando música y bordeando el mar con las ventanillas bajas para que el viento haga lo que se le de la gana conmigo, sentir que voy y vengo mil veces por los mismos lugares o que cada vez me alejo más, ése será el verdadero grito de libertad que voy a dar en silencio.

Atrás quedarán los problemas, las dudas, los cuestionamientos, miedos, sinsabores, rencores, peleas…. sólo valdrá la pena sentirme feliz, libre, plena, en mi lugar, identificándome con la imagen que me devuelve el espejo y sin esperar nada de nadie.

Al final de cuentas creo que de eso también se trata la libertad.

No falla

Llegan los cinco días previos a mi viaje y comienzo a sentir el aroma del mar, el sonido de las olas cuando me voy a dormir de madrugada, los colores anaranjados del amanecer, el aroma del pasto húmedo y recién cortado.

Cierro los ojos y me veo manejando de una punta a la otra de la ciudad escuchando música o sonrío sola recordando momentos del último viaje vivido.

A veces creo que el día de mi muerte voy a llegar al cielo y mis seres queridos me van a estar esperando parados al lado de una puerta inmensa que dirá CALETA DE LOBOS.

Es que para mí no existe otro paraíso que no sea ése.

Dicen que mi rostro cambia y mis ojos brillan con una intensidad enorme cuando me voy. 

Ese es el famoso efecto llamado FELICIDAD.

Hacer el amor

Cuando era niña me encantaba la palabra AMOR y la relacionaba siempre con el más puro y estricto romance, aunque eso no significaba que tuviera las típicas imágenes y fantasías de todas las niñas soñando con los bailes, los vestidos vaporosos y los príncipes azules.

Algo dentro de mí me decía que era un sentimiento especial, único,  enorme, casi sagrado pero en mi casa no se hablaba demasiado de eso asi que seguí creciendo con mis propias ideas sobre el tema.

Un día, ya cerca de mi adolescencia, escuché la frase «Hacer el amor» y ahí sentí una confusión enorme porque me pregunté cómo podía ser que lo que para mí era algo que se sentía también se pudiera «hacer», como si de un cuadro, una pared o un plato de comida se tratara.

No recuerdo con exactitud si me acerqué a mi madre a preguntarle sobre el tema pero si tengo grabado en mi mente el momento en el que salí del consultorio de una psicopedagoga con un libro que le habían pedido a mi madre que me comprara y se llamaba «Educación sexual para pre adolescentes».

¡Por las barbas de Merlín, qué libro tan poco esclarecedor y aburrido!. Las páginas estaban repletas de imágenes del cuerpo del hombre y de la mujer, salían flechitas de un lado hacia el otro, regresaban al lugar de origen, se entrecruzaban en el medio, aparecían palabras extrañísimas que a mí hasta me parecían escritas en latín y mamá estaba emocionadísima porque creía que su hija tenía entre sus manos la verdad revelada asi que lo único que atinó a decirme fue que lo leyera «y si no entendía algo, le preguntara».

Creo que si leí cinco hojas de ese libro, fue mucho. Un día lo cerré, lo guardé en la biblioteca, salí de casa con plata que le había sacado a mi abuela de su monedero, entré en la librería que estaba cruzando la Avenida Rivadavia y empecé a comprarme novelas de amor, novelas que tenían en la tapa ilustraciones de mujeres con vestidos amplios, coloridos, de seda, cabellos largos y hombres que las abrazaban y parecían a punto de besarlas.

Al principio no sabía de qué se trataban esos libros pero a medida que los iba leyendo (a una velocidad record) me sumergí en el mundo del amor que se sentía y del otro, del que se «hacía».

No eran novelas eróticas ni pornográficas pero me ayudaron a comprender que había un mundo absolutamente desconocido para mí e inmensamente más atractivo que el que describía ese libro que me había recomendado la psicopedagoga (a la que por cierto no fuí nunca más).

Desde aquellos días hasta hoy ha pasado demasiada agua bajo el puente, ya no soy más esa adolescente que se preguntaba mil cosas pero aún sigo buscando el verdadero significado de lo que es hacer el amor.

 

Dos vasos de plástico, 1 Extra Brut y LuisMi.

Veintisiete años han pasado desde aquellos días de nuestras vidas. 

En el medio hubo algunos de silencio unilateral (o sea, no me diste ni cinco de bola 😂😂😂) pero mi terquedad y mis ganas de que siguieras formando parte de mi vida pudo más. 

Por eso cada 1 de Marzo te escribía un mail rogando que no hubieras cambiado tu casilla de correo y lo leyeras.

Te escribo y pienso todo lo que hemos vivido juntos y también lo que vivimos separados. 

Cada uno de esos momentos pasa frente a mis ojos como escenas de una película (podría hacer un chiste sobre lo de los Oscars pero lo voy a evitar 😁) y creo no equivocarme si digo que en todas hubo alegría, disfrute, un duelo permanente de inteligencia, admiración, retos, desafíos y un concepto de la amistad único e irrepetible.

Te recuerdo caminando por el pasillo de TSC hacia Auths con tu traje impecable, tu CH que se olía desde las grupas del caballo de San Martín, colgándote del borde de mi box y  diciéndome; «Cortá, querés! Dale que nos vamos a almorzar» y yo te hacía caso, cortaba la llamada y salíamos, cruzábamos la calle, nos sentábamos en un banco de la plaza y hablábamos de tu chica rubia de rulos (😝) y de mi chico formoseño. 

O íbamos caminando a mil para llegar a «Alimentari» y comer las mejores ensaladas del microcentro.

Nos gustaba ir solos para hablar de nuestras cosas pero a veces se nos adosaban ciertas personas y chau! a la mierda la complicidad de dos lobos con piel de cordero ( dos guachos bah!).

Veintisiete años en los que el 1 de Marzo era sagrado para mí, aún en el silencio y la distancia.

Te debo tantos momentos de felicidad que no van a caber en un solo capítulo de mi libro.

Por ahora pienso disfrutar letra por letra esto que te escribo para desearte feliz cumpleaños en nombre de mi mamá, del negrito y en el mío.

Sé que vas a pasar un hermoso día con tu familia y espero que recuerdes que desde acá, casi al final del odioso verano y a días de mi paso hacia la libertad, te abrazo infinitamente, te mando un beso interminable e imaginariamente descorcho un Barón B. Extra Brut para brindar en dos vasos de plástico por tu cumple mientras escucho el Medley de LuisMi.

¡Laviu souuuu mach, JR! 




Dos cosas 

Hay dos cosas que no comprendo de los seres humanos

A) El miedo a envejecer.

B) El miedo a la soledad, sobre todo en los hombres.

Envejece quien quiere.

Quien no, solamente ve pasar los años y los vive con intensidad.

La soledad destruye cuando le damos el poder para eso, de lo contrario nos ayuda a crecer y a conocernos a nosotros mismos. Es una gran aliada si sabemos pactar con ella.