Siempre, nunca, jamás

Tres palabras que, según mi parecer, no deben pronunciarse.

Nada es para siempre, ni siquiera la vida.

No se puede decir que nunca vamos a hacer o decir algo porque la vida nos pone en lugares impensados y nos enfrenta a situaciones que pueden ponernos a prueba y desandar el camino del férreo nunca.

Sucede algo parecido con el jamás. Quién puede decir «De ésta agua no beberé»? Nuevamente el destino puede traicionarnos y rodearnos de tragos amargos que deberemos apurar el paso para salir lo más rápido posible de ellos, aunque traicionemos nuestros propios dogmas.

Como me reconozco y asumo débil, hago esfuerzos denodados para no pronunciar estas tres palabras porque sé que no sería capaz de sostener nada en el tiempo.

Es más, creo que a la que le temo con pavor es al siempre porque me genera un lazo de asfixia imposible de soportar.

Un mundo de deseos

De pronto comencé a pensar en aquellas cosas que deseo tener y por suerte ninguna de ellas se compra con dinero.

Deseo con toda mi alma una carta manuscrita donde solamente me hablen de amor, un desayuno compartido y preparado pensando en mi, un beso robado, una sorpresa que me deje un recuerdo imborrable en mi alma, un secreto dicho al oído, bailar una canción lenta por primera vez en mi vida, que llegue a mis brazos ese cachorrito que me elija y me necesite para llenarlo de amor y como siempre se trata de eso, del amor, quisiera volver a dormir una noche con él pero esa vez que sea acá, en esta cama, en esta habitación que vamos a construir juntos.

Cosas de la vida

Recién sentí que tenía muchas ganas de tener otro compañero peludo, con cuatro patas y puro amor.

Cuando pensé nuevamente en esa posibilidad, recordé que mañana se cumplen 16 años del día en que tuve a Otelo en mis brazos por primera vez. 

Me encantaría vencer este miedo atroz a volver a pasar por el dolor de tener que dejarlo ir como hice con mi negrito porque si no fuera tan cobarde no estaría sola como estoy ahora y tendría a alguien a quien darle este amor que no tiene destino.

Extraña sensación 

Me acosté a las 8 de la Mañana, me desperté a la una de la tarde y hasta las 18hs estuve haciendo mi trabajo diario de bancos y respondiendo mails.

Cuando me desperté no sabía dónde estaba, creí que era en Bs As y me había quedado dormida.

La sensación más extraña que tengo desde que llegué es la de ausencia absoluta de ansiedad. 

No estoy nerviosa, no espero nada, me dedico a recordar la felicidad que sentí ayer al llegar y solamente fluyo como si nada malo fuera a ocurrirme.

Estoy sola con mis circunstancias y las herramientas que me dieron para lidiar con ellas.

Veremos si aprendí, crecí, involucioné o me paralicé.