Habilidades destructivas

Habilidad para mentir, en forma piadosa o absolutamente cruel. Mentir para esconder, para callar y para el sin sentido. Mentir para no ver lo que está claro, lo que es completamente palpable y no se convierte en silenciable.
Para lastimar y no a terceros, sino a uno mismo. Lastimar en forma sorda, continua, permanente. Lastimar minando voluntades, proyectos e ilusiones. Lastimar amputando y sesgando sonrisas, generando lágrimas interiores.
Habilidad para reir sin ganas, sin sentido, sin razón y sin motivos pero reir de pie, pensando que esa risa contagia y se vende como pan caliente. Reir con sonidos huecos, vacíos, sonidos que retumban contra muros que separan alegrías añejadas de una realidad aplastante y asfixiante.
Para hablar sin decir nada, para llenar silencios con palabras moderadas y reflexivas, palabras elegidas cuidadosamente para adornar y conformar pero no para calmar ni sanar.
Habilidad para morir lenta y paulatinamente, morir delante de los ojos de todos sin que nadie lo note, morir paso a paso y sin sangrar, sin salpicar.
Para mutar, para cambiar, para poder ser hoy una mueca feliz y mañana un río de lágrimas saladas sin cauce y sin control.
Habilidad para recordar lo que alguna vez quiso ser pero no es ni será porque el olvido le ganó al proyecto y asesinó violentamente a la palabra sueño.
Para no gritar cuando mutar duele, cuando perder la piel provoca espasmos, ahogo y deja sin aire al cuerpo tendido sobre las piedras.
Habilidad para comenzar el día corriendo una carrera autodestructiva que parece no tener nunca el cartel de llegada ni gente al costado del camino que alcance un vaso de agua.
Para mordernos los labios hasta sentir que se rompen delicadamente y no queda nada más por decir.

El último latido

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Don Joaquín quería olvidar, ella solamente dejar de sentir y para eso sabía que tendría que arrancarse el corazón de cuajo.
Estuvo varios días meditando la decisión y mientras lo hacía lo acariciaba y reconfortaba en forma inconciente como pidiéndole disculpas por lo que pensaba hacer en algún momento.
Su corazón reaccionaba latiendo más rápido que de costumbre como si presintiera su final y para evitarlo le enviaba señales indicándole que estaba más vivo que nunca pero ella las malinterpretaba, pensaba que eran malos presagios.
El pobre corazón no sabía que hacer y había decidido transformar sus latidos en recuerdos pero la táctica tampoco funcionaba, siempre era más de lo mismo.
A veces pasaba días enteros con sus rodillas contra el pecho, como intentando protegerlo de su propia crueldad o sino dejaba que su mano derecha se posara sobre él y permaneciera allí hasta que la sangre no circulaba más mientras se dormía con la ilusión de amanecer sin sentir que seguía vivo y recordando.
Una noche de tormenta no lo pensó más y dejó que las cosas sucedieran en forma casi natural. Salió de su casa, comenzó a caminar sin rumbo y al llegar a un claro se tendíó sobre la tierra, recordó al inigualable Julio y cerró los ojos mientras un brillante y certero rayo llevaba a cabo la misión que aquella mano, enamorada perdidamente del corazón, no pudo concretar.