Una tarde de invierno estaban las dos sentadas, una al lado de la otra.
La dueña y su ilusión charlaban tranquilamente, estaban de acuerdo en todo, se las veía satisfechas y reían al caer el sol. De pronto pasó él, apuesto, reservado, enigmático e inteligente.
La ilusión no pudo resistirse y lo siguió, abandonó la silla y a su dueña y fué tras esa mirada sombría pero clarita como un lago. La dueña creyó que volvería al ratito asi que la esperó sentada hasta que comenzaron a caer los rayos de luna sobre el patio pero la ilusión no aparecía.
Hizo la denuncia, le dijeron que era mayor de edad, que ya sabía lo que hacia, que no podían salir a buscarla tan rápidamente pero que si pasados treinta días no tenía ninguna novedad podrían investigar un poco más.
Le pareció demasiado tiempo asi que decidió salir ella misma a buscar su ilusión y regresarla a casa. Caminó y caminó, preguntó a todos los vecinos del lugar, la describió de todas las formas posibles y nadie supo decirle nada.
Una noche de primavera, mientras deambulaba por un parque la vió. Su ilusión, tan risueña y fresca yacía descansando al lado de un par de anteojos para leer, un texto de Cortázar y una caricia. Supo que había sido feliz y se quedó sentada a su lado, para que le contara.
Cuentos breves
La partida
No tenía demasiado sentido que siguiera pensando, ella no iba a volver, se lo había dejado claramente expresado en la nota que encontró sobre la mesa de la cocina.
Meses y meses de pedirle por favor que hablaran, que la escuchara, que entendiera sus razones y nunca tomó en serio sus palabras ni sus advertencias. Ahora ella ya no estaba, hacía escasas horas que había abandonado la casa y su partida había sido tan contundente que ni siquiera quedaba el aroma de su perfume entre las sábanas.
No estaban los discos ni las fotos, faltaban dos maletas donde seguramente había doblado prolijamente toda su ropa y acomodado sus queridos libros de siempre.
Miró por encima de su hombro y notó que tampoco estaba la caja de cedro que había sobre la mesa del living ni su copa preferida.
Lentamente bajó las cortinas de toda la casa, dejó que las luces tenues iluminaran el ambiente, abrió una botella de vino, se sentó en el sillón de tres cuerpos que alguna vez compraron juntos y mientras un sabor salado cubría sus labios comprendió que bebería sangre y vino hasta morir.
Remanso
Era temprano, se despertó al alba y comprendió que necesitaba escuchar sus palabras, algo que le hiciera sentir sosiego o simplemente que conectara su espíritu con otra realidad asi que salió de su casa camino a su encuentro pero al llegar notó las luces apagadas, no había nadie.
Repasó en su mente los lugares a dónde podía haber ido y recordó que tal vez hoy no fuera un día más asi que giró sobre sus pasos y se dirigió hacia el lago.
Al llegar respiró hondo y dejó que sus ojos se mimetizaran con el paisaje y que su corazón se acompasara al ritmo del viento.
Se sentó a la orilla del lago, apoyó la cara entre sus manos y así, dejándose invadir por la paz del lugar comprendió que a pesar de todo había un remanso, un rincón a donde correr y permanecer en silencio o no, todo depende de lo que necesitara.
Mientras se perdía en estos pensamientos una sonrisa cómplice se adueñó de su rostro y supo que era cuestión de esperar, porque en los remansos el correr de las horas no pesa y el viento mece, arrulla y hace más liviana la espera.
Pobre niña triste
Creyó que existían las torres y los castillos, que cuánto más ascendía en la espiral más puro era el aire y resultó que no, que arriba el aire también falta.
Quiso retroceder en el camino y en el tiempo pero nadie le contó que las huellas se pierden y los días de la semana cambian año a año.
Pensó que si cantaba todo el día su alma no estaría triste y su corazón bailaría al compás pero se confundió de música y comenzó a escuchar la melodía de sus propias lágrimas cayendo sobre su falda sin cesar.
Pobre niña triste, pensó que podría encontrar un destello de luz en esos ojos que esperaba y aquella tarde solamente encontró oscuridad.
Orden natural
Cuando no estaba había un orden natural en las cosas, su ausencia marcaba ese orden y todo era conocido, no había demasiados sobresaltos.
Extrañarlo por las madrugadas, buscarlo durante el día en cada rincón de la ciudad y guardar prolijamente su recuerdo cuando se escondía el sol para renovar la esperanza al apoyar la cabeza sobre la almohada.
La sensación era la de estar en sintonía con alguna fuerza superior que marcaba el ritmo de la rutina, las cosas eran cíclicas y se mantenían de la misma forma de siempre lo cual no dejaba de darle cierta seguridad. Sabía que pasado cierto tiempo volvería y la normalidad se apoderaría de su vida por un espacio de tres o cuatro días.
Pero esta vez algo no seguía ese orden natural, algo se había salido de cauce y la ausencia no se contaba hora a hora, no surgía la pregunta de la vuelta, no había sobresaltos (no al menos por esa razón) y la búsqueda durante el día era menos intensa.
La seguridad y la calma se habían quebrado, la noción de tiempo se había invertido, los minutos corrían veloces de la misma forma que los latidos de su corazón y la espera … la espera ya no era ni siquiera su presencia.
Como al pasar
Todas las mañanas pasaba por esa esquina y se quedaba maravillada con aquella casa, los pequeños escalones que conducían a esa puerta misteriosa y el increíble color de las flores que cubrían la entrada.
Cuando estaba por llegar frente a ella imaginaba que algún día vería una figura que le diera vida pero los días pasaban y nunca aparecía ningún rostro que justificara tanta prolijidad y simetría, solamente podía percibir alguna nota musical lejana pero indescifrable.
En el pueblo no daban datos, al mencionar la casa de las flores todos bajaban la vista y cambiaban de tema, no sin antes dejar escapar un suspiro de melancolía y pena.
Una mañana se atrevió y subió despacio uno a uno los peldaños y mientras lo hacía pudo notar que en cada uno de ellos había escritas frases, nombres, fechas y todas tenían que ver con ella, con su vida, con su historia.
Al llegar al último peldaño y justo antes de rozar la puerta, pudo leer como al pasar su nombre y un «Hace años que te estoy esperando».
Cartas amarillas
Esta carta fué encontrada hace unos días entre los escombros de una casa abandonada.
Estaba atada junto a otros papeles con una cinta azul y se transcriben los párrafos legibles, el resto se perdió por efecto del tiempo y la tinta que de a poco fué borrándose en forma implacable.
«Buenos Aires, 18 de Julio de ….
Querido mío:
No es necesario que me ocultes nada, sabés perfectamente que sé todo lo que pasa y que creo que no tiene sentido tu silencio ni tu ausencia. Pensás que soy débil, verdad? Pues te equivocás, de la misma manera en que te equivocás al decidir por mí.
Una y otra vez me alejás de tu lado, preferís no verme, no saber de mí y creés que con eso me evitás sufrimiento y dolor pero no es así, al contrario.
Que estás irreversiblemente enfermo, que tenés los días contados, que te vas a morir? Tenés miedo a pronunciar todas esas palabras delante de mí? Cuál es tu temor? Ver mi mirada sosteniendo la tuya mientras lo decís? Sentir mis manos tomando las tuyas y mis brazos rodeando tu cuerpo y darte cuenta que necesitás eso, que necesitás mi amor?
Nunca se te ocurrió pensar que mi vida tendría mucho más sentido si pudiera cuidarte por las noches cuando te sentís descompuesto o alcanzarte un sweater cuando tenés frío y la calefacción de tu casa funciona bien? Nunca imaginaste que podía despertarte con infinita ternura para darte un remedio que tuvieras que tomar por las madrugadas? O tampoco pensaste que podía estar a tu lado cuando sintieras que tu cuerpo no podría soportar un solo momento más de dolor y simplemente mirarte a los ojos y decirte que te amaba?
No me diste jamás la chance de elegir, en todos estos …. ños siempre tomaste las decisiones que consideraste correctas para los dos y yo acá, aceptando todo por amor y hoy que puedo correr a tu lado y demostrártelo te escurrís entre mis manos como el agua del río.
……….. pero nada puede modificar todo lo que te amo.
Y sé que una mañana me voy a despertar con la sensación de que ya no estás en este mundo pero nadie va a tocar a mi puerta ni va a llamar a mi teléfono para contármelo y cuando sienta que eso sucedió saldré corriendo de mi casa y buscaré un lugar apartado para poder llorar y gritar, para poder estar sola sin que nadie intente comprenderme porque ya sé que eso es imposible.
……… y vos si supiste hacerlo, siempre supiste porque me conocés, sabés cómo soy.
Espero llegar a tiempo para mandar esta carta y si llegara a tus manos antes de mi partida quisiera que me buscaras, vos sabés cómo y dónde hacerlo. Siempre voy a estar esperándote, sin miedo a nada y fuerte como los dos nos necesitamos.»
Cuentan que la carta fué enviada y devuelta al remitente y cuando la persona que la escribió la tuvo entre sus manos la ató con la cinta azul, apagó las luces de la casa, salió por la puerta que daba al jardín, tiró las llaves en un pozo que había cerca de la vereda y se perdió entre las sombras.
Nunca más se supo de los dos pero los vecinos de la casona, hoy en ruinas y abandonada, cuentan que en las noches de tormenta se ve a través de la ventana de la habitación principal la sombra de una pareja bailando lentamente canciones de amor.
Dominga
Hace un rato tuve que llevar unos papeles a una persona que vive a pocas cuadras de mi casa y mientras esperaba que bajara a abrirme la puerta del edificio se acercó a mí una señora que quería saber cómo podía hacer para tocar el timbre del primer piso para que bajaran a buscar algo que ella traía dentro de un paquete de yerba.
Era una señora muy mayor, su cabello estaba recogido hacia atrás, tenia una pollera azul y un cardigan de lana gastadísimo color ciruela.
Mirarla a la cara era como estar frente a uno de esos mapas geográficos que nos hacían comprar en el cole. Cada arruga era profunda y de un tenue color marrón como las montañas, los ojos eran enormes y verdes, como los lagos pequeñitos que nos hacían memorizar en cada clase, su pelo canoso era como los picos nevados de nombres difíciles y tenía una sonrisa enorme, como los oceános misteriosos que ocupaban la mayor parte del mapa.
Me explicó que no sabía «usar estos aparatos (portero eléctrico) porque yo en mi casa no tengo nada de eso, entiende señorita?».
Le pregunté si no tenía frío, porque no se le veía nada abrigado debajo del cardigan.
«No Niña, si tengo dos pulloveres! Lo que pasa es que yo en mi casa estoy calentita y de última, si tengo frío, me meto en la cama y me tapo hasta la nariz pero no puedo salir muy abrigada porque sino los cambios de temperatura me van a hacer mal. Es que yo tengo 87 años, sabe? y a esta edad hay que cuidarse».
Mientras me perdía en la ternura infinita de sus ojos verdes y la vocecita cascada que me contaba en un segundo una vida, bajaron a abrirle.
«Doña Dominga, qué dice?».
«Acá estoy, no sabía cómo llamarte pero esta chica me ayudó a tocarte el timbre. Acá te dejo lo que te preparé, tené cuidado cuando lo llevas porque si lo ponés de costado se puede volcar el aceite y si no te gusta como quedó lo tirás y listo».
«Pero Dominga, qué dice? Si el otro día nos comimos todo enseguida, estaba riquísimo».
«Bueno, bueno nena, mejor, mejor y ahora te dejo, eh?».
Saludó a la mujer con la que hablaba y mientras bajaba de a uno los escaloncitos del frente del edificio volvió a agradecer mi ayuda y cruzó lentamente la calle hasta perderse en una puerta de madera en la vereda de enfrente.
Y Dominga me dejó sentada en el porche del edificio mirándola partir, sintiendo que se iba una de esas personas que se recuerdan como entrañables, de las que preparan las comidas caseras más ricas del barrio, que tienen las manos tibias y no se abrigan demasiado porque a cierta edad con acostarse en la cama y taparse hasta la nariz es suficiente hasta para calmar las penas más hondas del alma.
Por error, por envidia, por amor.
Siempre creyó que sería él quién se marcharía primero y le preocupaba dejarla sola, indefensa, sin armas para enfrentar lo que sería su vida en soledad después de aquél gran amor.
Y mientras estaba le enseñaba cosas, trataba de pedirle que imaginara la vida sin él, que se preparara para un nuevo amor porque según él así debía ser.
Las horas transcurrían así, sabiendo que se escapaban entre los dedos de ambos como agua y vivían como podían, como las circunstancias los dejaban.
Pero lo que él nunca pudo preveer es que una madrugada el destino, por error, primero iría a buscarla a ella.
La encontró dormida, abrazada a las almohadas, pensando que lo tenía a su lado y que lo cuidaba.
Tenía el cabello revuelto y una sonrisa calma, las pestañas húmedas y las manos entrelazadas, parecía que estaba acariciando aquellas manos tan amadas pero el destino fué implacable y se la llevó sin decir palabra, sin dejar ningún aviso previo ni una señal velada.
Cuando le llegó aquella carta con la noticia, ahí, recién ahí, supo de verdad cuánto la amaba.
Antes no le pasaba
No sabía si era producto del paso de los años o simplemente de una lenta y progresiva manera de descartar corazas, pero cada vez que escuchaba que alguien necesitaba un corazón nuevo para vivir, le dolía el suyo.
Tal vez estaba cansado o demasiado expuesto y por eso había comenzado a sentir sus estados de ánimo.
O quizás tenía tanta vida dentro que lo único que pretendía era hacerse notar de la forma que fuera. Lo cierto es que aprendió a reconocer pequeñas muestras de dolor en latidos imperceptibles con los que su corazón parecía querer hablar y decirle mil cosas que no siempre quería escuchar.
Pero en definitiva eso no importaba porque desde ayer alguien tenía un corazón nuevo y seguramente iba a poder comprender sus latidos mejor que ella o yo.