Había una vez…

Una chica que mentía para que nadie la conociera realmente.

Ella creía que era convincente y seguramente la mayoría compraba sus mentiras, tal vez porque les importaba muy poco de su vida.

Lo cierto es que era una romántica incurable, moría porque un hombre se enamorara perdidamente de ella, que la defendiera a capa y espada de todo y de todos, que velara por ella y la mirara como si fuera la única en el mundo, eligiéndola por sobre cualquier otra mujer en el planeta.

Pero todas esas cosas no se las contaba ni mostraba a nadie, muy por el contrario. Se disfrazaba de mala, ermitaña, arisca y malhumorada.
Hasta que un día se enamoró después de muchos años de no sentir nada por nadie pero, para no perder la costumbre, se enamoró de un hombre maravilloso que la quería mucho pero no la amaba.

Esa chica que mentía para protegerse de los demás olvidó una premisa fundamental: la mentira daña unicamente al que la inventa y así fue como terminó sola, enredada en su propia mentira y hablándole a un corazón sordo y cobarde.


Greenback Boogie

Abrió la ducha, templó el agua caliente con la fría, fué hasta el lugar donde tenía conectado el pen drive con una buena selección de temas musicales, puso LA canción  del día y caminó despacio hacia el baño mientras se soltaba el cabello.

Estacionó el automóvil frente a su casa, miró el balcón y dudó un segundo porque no vió ninguna luz encendida pero el sonido de la música a todo volumen le confirmó que estaba allí.

Como hace siempre, dejó que el agua corriera por su cabello hasta mojarlo por completo mientras cerraba los ojos y múltiples imágenes atravesaban su mente al compás de Greenback Boogie.

Abrió la puerta, subió los trece escalones que separaban la entrada de la habitación, escuchó como se mezclaba su voz al cantar con el sonido del agua y sin dejar de sonreír entró al baño, estiró su brazo, encontró lo que buscaba y esperó.

Le pareció extraño no encontrar el shampoo inmediatamente porque siempre tanteaba y allí estaba, esperando que volcara un poco de contenido en su mano, se dejara llevar por ese aroma que tanto le gustaba y comenzara a disfrutar de uno de los mejores momentos del día.

La miró estirarse, colocar su mano aquí y allá, (siempre con los ojos cerrados como si todo fuera un ritual), vió su gesto de desconcierto al sentir que algo estaba fuera de su cauce normal y tuvo que contener la risa porque podía adivinar lo que estaba pensando en ese mismo instante. Como parte del juego, y siguiendo el ritmo de la canción, chasqueó muy suavemente los dedos cerca de sus mejillas, que ya estaban rojas y a punto de estallar.

Sin abrir los ojos y respirando hondo, ahogó un grito al reconocer su perfume.

Fue una de las pocas veces que no pensó en nada, no analizó su vida ni trató de resolver problemas debajo de la ducha. Simplemente dejó que todo sucediera como si estuviera viendo una película en cámara lenta, al compás de su playlist.

Carta

De pronto tuvo ganas de escribirle asi que revolvió los cajones de su escritorio, encontró la lapicera de tinta negra que tanto amaba, sacó dos hojas de papel reciclado y apoyó suavemente la pluma para que su mano se deslizara con los trazos de las primeras letras.
Fecha, lugar, hora y encabezado.
Cuando había terminado la parte burocrática y aburrida de la carta un silencio ensordecedor se apoderó de su mente y ráfagas de imágenes salieron disparadas hacia su emoción.
Su alma quería contarle mil cosas sin embargo, luego de casi dos horas de lucha interna, consiguió formular una sola pregunta en el medio de una de las hojas que había destinado para la misiva.
Leyó y releyó mil veces lo que había escrito y a pesar de saber que no habría respuesta, dobló prolijamente la hoja por la mitad, la metió en el sobre y marchó rumbo al correo.
A los pocos días tuvo el sobre nuevamente entre sus manos con un sello impreso en tinta roja en la parte de adelante que decía: “Domicilio inexistente”.
Es el día de hoy que no sabe si lamenta más lo que decía ese sello o no haber obtenido respuesta a aquella pregunta tan simple: “¿Cómo funciona el olvido?”

Perder

Se esfuma ante sus ojos el camino y las huellas que le indican el regreso.
El aliento se le escurre por los bolsillos y se estrellan contra el suelo sus sueños y esperanzas.
Deja olvidados los recuerdos en una esquina y el futuro en una vieja estación de tren.
De manera desprolija e inconsciente va quemando las chances que guardó intactas en el fondo de un cajón por no saber utilizarlas.
Cambia el color de sus pupilas, arrastra sus pies, silencia su voz y se acurruca.
Nadie comprendería que había perdido su único bien, su razón y su pasión.

Alicia, lejos del país de las maravillas

Una mañana Alicia se levantó y comprendió que había vivido una mentira asi que decidió no hablar más. Anudó prolijamente una a una sus cuerdas vocales y enmudeció.
Pasaron los días y entendió que la solución no era esa asi que optó por no volver a escuchar. Tapó sus oídos con telas de diferentes colores y texturas y salió a la calle. Las personas le parecían marionetas grotescas moviendo tan rápidamente sus bocas y sin una expresión acorde en sus miradas.
Pero al poco tiempo Alicia sintió que no era suficiente y eligió no volver a ver.
Cerró sus ojos fuertemente y selló sus párpados con lágrimas creyendo que de esta manera evitaría el contacto con el mundo. Pasaron los días y aprendió a moverse entre los demás sin sus sentidos pero no se sentía satisfecha hasta que una madrugada, antes de la salida del sol, supo lo que pasaba: seguía teniendo alma y corazón.
Al darse cuenta de esto fué hasta un rincón de su habitación y a tientas buscó una pequeña caja de madera donde guardaba algunos recuerdos de su infancia. Palpó con sus dedos la pequeña cerradura que tenía, levantó la tapa e inclinó la caja dejando que su contenido cayera al piso.
Segundos después, cuando la caja se había vuelvo liviana entre sus manos, encerró en ella a su alma y a su corazón y dejándola sobre la cama desapareció

La puerta

Caminó hacia la puerta de entrada de su departamento y cuando estaba a punto de colocar la llave en la cerradura vió que estaba abierta.
Con el corazón latiendo descontrolado dentro de su pecho dudó entre llamar a alguien para que la ayudara o ver qué sucedía, pero a los dos segundos respiró hondo y entró.
No se escuchaba absolutamente nada, la casa estaba sumida en el más absoluto de los silencios, el único sonido que percibía era el de su respiración y aunque desde afuera todo pudiera interpretarse como un acto de inconciencia, algo en el aire comenzó a calmarla lentamente.
Siguió caminando y a medida que lo hacía notaba que las paredes cambiaban lentamente de color, del blanco ceniciento pasaban al azul profundo. Las ventanas se abrían solas dejando entrar ráfagas de aire cargados de hojas secas y crujientes que se desparramaban por todas partes, como si fueran pétalos de flores silvestres.
Las plantas florecían todas juntas, estaba claro que allí no había nadie más que ella y sin embargo parecía que alguien estuviera dirigiendo una orquesta de manera absolutamente sincronizada y armónica.
Sin llegar a comprender a ciencia cierta qué había pasado se recostó sobre su cama y se durmió con una sensación de paz inusual por aquellos días.
A la mañana siguiente despertó en calma, con el sol otoñal entrando por la ventana.
Cuando se dirigía hacia la cocina pasó frente a la puerta de entrada y un papel le llamó la atención asi que se acercó, lo levantó y lo leyó.
Una sonrisa plena inundó su rostro, comprendió, cerró los ojos, recordó y comprobó que las paredes seguían siendo de color azul.

Fugaz

Mientras caminaba hacia la oficina sumido en sus pensamientos, la vió.
Iba a escasos metros suyo, andando despacio, como si quisiera que alguien la alcanzara.
Midió sus pasos y pensó que si se apuraba un poquitito podría ponerse a la par y hasta pasarla.
Se lanzó a la aventura, caminó algo más rápido y cuando la había pasado se detuvo frente a ella.
El sol le daba de frente y no podía creer que la viera tan linda, tan posible, tan cercana, tenía miedo de extender sus manos y que se desvaneciera en el aire asi que se mantuvo callado, contemplándola.
Mientras lo hacía, una sucesión de imágenes cruzó por su mente. Pensó en un beso, un abrazo, una charla al caer el sol, risas sobre el cordón de la vereda, esa canción que le gustaba tanto y aquellas manos que quería entrelazar entre las suyas.
Cerró los ojos un instante al suspirar y cuando los abrió ella ya no estaba. Giró sobre sus talones, comprobó que no se había escondido detras suyo, bajó la mirada y siguió su camino sonriendo mientras pensaba que después de todo la felicidad no era más que eso, una presencia breve, intensa y fugaz.

Hacia el fuego, como la mariposa

Y si se quema en forma de angustia o de recuerdo estúpido no puede salir a golpear puertas o mejillas, tiene que permanecer, aprender y tratar de no mirar hacia atrás.
El único problema es que a veces escucha risas apagadas y no termina de establecer si son provocadas por otros o por sus propios fantasmas que deciden reaparecer y recordarle (por su bien, según confiesan) que la traicionaron.
Si pudiera cambiar de piel sería mucho más simple, dejaría tirada en un rincón la que fué marcada y se pondría una con aroma a nuevo y brillo de estreno.
La combinaría con aquella mirada inocente, en el pelo se pondría dos o tres flores azules que le regalaron una vez, se miraría en el espejo y el tiempo retrocedería sin inconvenientes.
Pero no se puede y cuando lo comprende intenta levantarse sola, aunque le cueste.
Se apoya en carcajadas nuevas que la sostienen débilmente y confía en que la última fué la mejor pero en el fondo, cuando se queda sola sabe que hay cosas irrecuperables, vacíos llenos de pena, abismos insalvables.
Y vuelve a revolotear sobre el fuego una y otra vez….

Alumbramiento

Como todas las noches se fué a dormir temprano, dejando las ventanas abiertas de su habitación para que no le faltara el aire.
Durante la madrugada una ráfaga de viento se atrevió a entrar y sin despertarla, con la mayor suavidad del mundo, le hizo el amor.
La recorrió entera, se detuvo en su cabello, sus ojos cerrados, sus labios que dejaban escapar pequeños suspiros de placer inconsciente, sus manos que se aferraban a las sábanas para no perder el control y sus piernas que se abrían casi por azar.
La disfrutó tanto como pudo y se marchó antes de convertirse en huracán.
A la mañana siguiente, enredada entre las sábanas y en medio de los gritos de una pesadilla fatal, parió una ilusión.