Cuando alguien me dice algo que me duele, humilla, lastima o hace que me sienta demasiado tonta, automáticamente me repliego, cierro la boca, me alejo y si por casualidad llegara a acercarme porque elegí la vereda equivocada, soy un témpano.
Pues lo hicieron. Entre jueves y viernes lo lograron por lo tanto ahora que nadie se asombre si pasan por mi lado y sólo sienten una ráfaga de aire glaciar.