Ellos jugaron a ser liebres y se tiraron a dormir la siesta bajo la sombra del perejil, abriendo de tanto en tanto un ojo como para asegurarse de que la tortuga, pesada y lenta, aún estaba cerca de la línea de largada.
La tortuga, sabiendo de su pesadez y su lentitud, apostó todas las fichas a su inteligencia.
No apuró el paso ni eligió ningún atajo, simplemente tuvo paciencia.
Así fue como, mientras las liebres roncaban, la tortuga pasaba frente a ellas y alcanzaba la meta en primer lugar.
No siempre el que espera, desespera.