Debería estar durmiendo y sin embargo no puedo hacerlo, mi mente va más rápido que el sueño.
Por mi ventana entra un viento frío, típico del Sur, aún estando en pleno verano. El clima dice que hay 19° y el cielo se ve gris pero mi olfato me avisa que mañana habrá sol.
Mientras con mis ojos y mi piel junto está información, mi mente se va lejos y me ubica sentada en el asiento del conductor de Pandora, escuchando música y camino al faro de José Ignacio.
Estoy sola, con las ventanillas bajas, dejando que el mismo viento que aquí me hace sentir frío, allí me empuje cada vez más lejos de todo lo que me oprime el pecho y me regale libertad.
Cuando digo que soy sola a veces se ríen pero es cierto y extiendo el concepto hasta el punto de decir que creo que nací para vivir sola hasta la muerte.
Hoy por hoy no dependo de nadie, no le debo nada a nadie, tengo las cosas básicas para poder vivir y dos lujos para sobrevivir: mi propio departamento y mi propia camioneta.
No sé si soy una mujer hecha y derecha pero lo que soy me gusta, sólo me falta soltar amarras en lo afectivo, correrme de esta trampa en la me metí sola y desaparecer sin dejar rastro.
A veces paso días enteros pensando en la forma de lograrlo pero siempre regreso a fojas cero y mi zona de comfort me recibe nuevamente con los brazos abiertos.
Ya no sé si algún día podré evaporarme como si mi existencia hubiera sido producto de un hechizo, lo que si me queda claro es que en este momento mi único pensamiento está en esa camioneta, manejando a solas mientras escucho música y voy camino a José Ignacio.