Esta pregunta la formulé millones de veces en voz alta, voz baja, en silencio, llorando, rezando y hasta ahora no obtuve ninguna respuesta.
Por qué me apartaste tanto de tu vida que ni siquiera me permitiste confortarte durante tu enfermedad y en los últimos minutos de ella.
Pasaron ya once años de tu muerte y aún conservo la esperanza de saber y no me interesa cuán grande o pequeño sea ese dato, sólo preciso saber para cerrar esta herida que permanecerá abierta y sangrará mientras siga viva y a oscuras.