Tenés ese plus que dejás salir de a ratitos, ése que te convierte en uno de los hombres más sexies que conocí.
Anoche, por mencionar uno de esos tantos momentos, te vi increíblemente sexy, maléfico, perverso, puro instinto y no podía dejar de mirarte.
Tirado sobre la alfombra, iluminado solamente por el fuego de la chimenea, recostado sobre los almohadones blancos con tus manos entrelazadas detrás de la nuca y con esa sonrisa que me mata (esa que dibuja el sexo en cada rincón de esta casa), eras lo único que quería ver, oír, sentir y oler a mi alrededor.
Te veías desprejuiciado y eso te hacia terriblemente peligroso, adictivo.
Es que se trata de eso, de lo adictivo que podes llegar a ser y de la tremenda conciencia que tenés de eso porque lo manejás como nadie.
Sabés lo que provocás en general pero sobre todo en mi y te divierte tanto como a mi me excita y lo disfruto.
Sos ese abismo al que me da vértigo asomarme pero no puedo dejar de mirarlo de frente, como si supiera que va a llegar el día en que voy a perder el miedo a enfrentarlo.