La verdad

Hoy no es un día cualquiera. Dos de los seres que más amé y amo en esta vida, cumplen años. Ninguno de ellos está físicamente como para abrazarlos, besarlos y festejar su día pero igual los siento conmigo, como siempre.

Uno de esos seres fue quién intentó toda su vida que no basara la mía sobre mentiras, que la verdad, por dolorosa e inevitable que fuera, siempre es mejor que un engaño.

Lamentablemente no le hice demasiado caso pero como todo vuelve, hoy soy yo la que vive pidiendo a gritos que no me mientan ni me oculten nada.

Me tocó vivir en carne propia lo que hice padecer a otros y con ese dolor que infringí comprendí con mi piel lo destructiva y dolorosa que es la mentira, como así también pude sentir lo sanadora y liberadora que es la verdad.

Mis amigos y yo llegamos a tener momentos de verdades descarnadas pero después de decirlas seguimos adelante y con el vínculo fortalecido.

Digamos que es lo lógico tratándose de un lazo tan noble como la amistad pero entre Augusto y yo la verdad surgió desde el primer momento en que se cruzaron nuestros caminos.

Hubo que remarcar varias veces que era preferible eso a una mentira piadosa pero lo curioso es que, por enorme y oscura que sea la verdad, por cruel que nos parezca, no podemos (y creo que no queremos) dejar de decirlas.

Nos conocemos tanto, nos leemos tan bien solamente con mirarnos a los ojos que mentirnos sería una herejía, una falta de respeto al vínculo que nos une.

La vida, a puro cachetazo, me mostró que mentir es una cobardía insigne.

La mirada de Augusto y su existencia en mi vida me permitieron elegir a la verdad como la única manera de construir lo que hoy tenemos.

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