Hay un dicho muy famoso que dice «La sangre tira» y a veces respondo en tono de broma, que lo que tira es todo a la basura.
Las relaciones familiares son extremadamente complejas, sobre todo cuando hay una historia densa detrás de ella.
La «familia» que me tocó en suerte es bien, bien disfuncional y absolutamente ensamblada.
Cinco hijos de un solo padre y cuatro madres diferentes. Los hermanos repartidos a lo largo y ancho del país y cada uno con un genio a medida.
La única de los cinco que no formó un hogar ni tiene hijos soy yo y además cargo con el maravilloso estigma de ser la rebelde, soberbia y oveja negra de la familia o sea: soy un encantador frasco de veneno.
Reconozco que no soy la más sumisa de las personas que viven en este planeta ni tampoco hago demasiado para serlo pero como ser así no me desvela, no lo cambio.
También admito que mis grandes amores de esta familia ensamblada son mis dos sobrinas: Paola y Fernanda.
Mi único temor es que algún día el vínculo que nos une se dañe, se rompa o desaparezca. Todo lo demás me importa un comino.
Las amo más allá de la sangre y por lejos, mucho más que a mis hermanos.
Este año se produjo un gran quiebre entre ellos y yo. Bastó un sólo comentario hecho con sarcasmo para que volará todo por el aire y francamente no lo lamento, estoy algo así como aliviada.
¿Me toca pagar un precio? Sí, por supuesto y lo estoy pagando pero no me arrepiento ni borraría con el codo lo que escribí con la mano.
Creo que ahora sí pueden llenarse la boca diciendo que soy todo eso que dijeron sobre mí porque les dí los motivos servidos en bandeja.
Esta vez la sangre no sirvió para unir sino para hacer una transfusión, cambiar y oxigenar.
El tiempo dirá el resto.