Cuando era niña me encantaba la palabra AMOR y la relacionaba siempre con el más puro y estricto romance, aunque eso no significaba que tuviera las típicas imágenes y fantasías de todas las niñas soñando con los bailes, los vestidos vaporosos y los príncipes azules.
Algo dentro de mí me decía que era un sentimiento especial, único, enorme, casi sagrado pero en mi casa no se hablaba demasiado de eso asi que seguí creciendo con mis propias ideas sobre el tema.
Un día, ya cerca de mi adolescencia, escuché la frase «Hacer el amor» y ahí sentí una confusión enorme porque me pregunté cómo podía ser que lo que para mí era algo que se sentía también se pudiera «hacer», como si de un cuadro, una pared o un plato de comida se tratara.
No recuerdo con exactitud si me acerqué a mi madre a preguntarle sobre el tema pero si tengo grabado en mi mente el momento en el que salí del consultorio de una psicopedagoga con un libro que le habían pedido a mi madre que me comprara y se llamaba «Educación sexual para pre adolescentes».
¡Por las barbas de Merlín, qué libro tan poco esclarecedor y aburrido!. Las páginas estaban repletas de imágenes del cuerpo del hombre y de la mujer, salían flechitas de un lado hacia el otro, regresaban al lugar de origen, se entrecruzaban en el medio, aparecían palabras extrañísimas que a mí hasta me parecían escritas en latín y mamá estaba emocionadísima porque creía que su hija tenía entre sus manos la verdad revelada asi que lo único que atinó a decirme fue que lo leyera «y si no entendía algo, le preguntara».
Creo que si leí cinco hojas de ese libro, fue mucho. Un día lo cerré, lo guardé en la biblioteca, salí de casa con plata que le había sacado a mi abuela de su monedero, entré en la librería que estaba cruzando la Avenida Rivadavia y empecé a comprarme novelas de amor, novelas que tenían en la tapa ilustraciones de mujeres con vestidos amplios, coloridos, de seda, cabellos largos y hombres que las abrazaban y parecían a punto de besarlas.
Al principio no sabía de qué se trataban esos libros pero a medida que los iba leyendo (a una velocidad record) me sumergí en el mundo del amor que se sentía y del otro, del que se «hacía».
No eran novelas eróticas ni pornográficas pero me ayudaron a comprender que había un mundo absolutamente desconocido para mí e inmensamente más atractivo que el que describía ese libro que me había recomendado la psicopedagoga (a la que por cierto no fuí nunca más).
Desde aquellos días hasta hoy ha pasado demasiada agua bajo el puente, ya no soy más esa adolescente que se preguntaba mil cosas pero aún sigo buscando el verdadero significado de lo que es hacer el amor.