Ese es el tiempo exacto que falta para regresar a Caleta.
En este momento estoy sentada en un Starbucks (como siempre, mi refugio capitalino) y pienso en todo lo que pasó ayer por mi cabeza durante el día.
Siento una distancia enorme de su parte y tengo la plena convicción de que en su interior algo cambió en relación a mí y no precisamente para bien.
Lo noto frío, lejano, al final de sus mensajes ya no se despide como siempre y creo que el viaje a NYC tiene mucho que ver con su actitud.
Por mi parte actúo en consecuencia. Fiel a mi costumbre de no molestarlo, me alejo en todo sentido.
No lo llamo ni le escribo y si por algún motivo nos comunicamos, trato de ser lo más impersonal que puedo.
Me encantaría saber algo de su vida pero es tan hermético que siempre responde que las cosas están bien y él se encuentra trabajando (o haciendo que trabaja, su chiste habitual).
Francamente para recibir esa respuesta mejor no preguntar nada y cada cual a lo suyo.
Ayer, entre tantos pensamientos que se cruzaron en mi cabeza, apareció el de que como ya no nos unía la adrenalina de ningún proyecto en común se le habían terminado las razones para saber de mí y eso dolió mucho.
Aparte del dolor también apareció la pregunta de «Bueno, y ahora qué vas a hacer cuando estés allá, qué vas a decidir?» y todo me empuja al mismo lugar: al final y dudo mucho que esta vez él me retenga.