Recién escuché a un padre decirle a su hija que en la vida debía hacer aquello que la inspirara.
Inmediatamente pensé en las cosas que me enseñó y dijo mi madre a lo largo de nuestra vida en común.
Me crió con la esperanza de formar una buena persona, honesta, estudiosa, trabajadora y «sin tantos pajaritos en la cabeza», como solía decirme cuando yo me colgaba delirando con algún sueño o proyecto que parecía una locura.
Lo cierto es que no recuerdo alguna vez en la que me haya dicho que hiciera aquello que me inspirara.
Desde que murió comprendí que me crió como pudo, como su instinto o la vida en soledad le permitió y por eso no pude reprocharle nada porque además no le debe haber sido fácil tenerme como hija.
Siempre fuí rebelde, contestataria, defensora de pobres y ausentes, por momentos (muchos por gusto u obligación) tremendamente despiadada y me escapaba de sus manos como la arena entre los dedos.
Le agradezco a Dios la madre que tuve pero si algo lamento es justamente eso, que no me haya hablado de inspiración y no porque me haya faltado a mí (para bien o para mal, si algo me sobra es inspiración) sino porque quiere decir que quién no la encontró en su vida fue ella.
Espero que desde donde esté pueda ver y sentir que, de una manera u otra, vivo su carencia redoblando la apuesta, por ella y por mí.