Hoy se cumplen los primeros treinta días desde que pisamos NYC.
Algo dentro de mí está comenzando a despertar y me recuerda el viaje poco a poco.
Tal vez sea mi inconsciente o la serie que estoy viendo de manera compulsiva (Suits, filmada completamente en esa ciudad), lo cierto es que cada plano de sitio que hacen mostrando los rascacielos de noche completamente iluminados o los food trucks en medio de las calles que caminamos hasta caer rendidos hacen que algo dentro de mí funcione como una montaña rusa.
Extraño eso: las calles, los olores (aunque estando allí el de la fritanga me mataba), la falta de aire por mi resfrío, la diferencia de temperatura al entrar o salir del hotel o de un local a donde habíamos entrado para comprar algo.
Creo que tengo abstinencia neoyorquina y hasta me enojo por momentos porque creo que no aproveché el viaje como debería haberlo hecho.
Volvería mañana mismo, caminaría por las mismas calles, iría a los mismos lugares, a otros que no alcanzamos a ir, me sentaría en el Central Park a escuchar música, sacaría muchas más fotos de las que saqué, entraría a todos los cafés que encontrara y me quedaría parada en cualquier lado hasta que la nieve terminara cubriendo mi cara por completo.
Fue un viaje inolvidable pero recién ahora estoy añorándolo como se merece.
Siempre me pasa lo mismo: los destiempos me asesinan en todas las esquinas de mi vida.