Abrió la ducha, templó el agua caliente con la fría, fué hasta el lugar donde tenía conectado el pen drive con una buena selección de temas musicales, puso LA canción del día y caminó despacio hacia el baño mientras se soltaba el cabello.
Estacionó el automóvil frente a su casa, miró el balcón y dudó un segundo porque no vió ninguna luz encendida pero el sonido de la música a todo volumen le confirmó que estaba allí.
Como hace siempre, dejó que el agua corriera por su cabello hasta mojarlo por completo mientras cerraba los ojos y múltiples imágenes atravesaban su mente al compás de Greenback Boogie.
Abrió la puerta, subió los trece escalones que separaban la entrada de la habitación, escuchó como se mezclaba su voz al cantar con el sonido del agua y sin dejar de sonreír entró al baño, estiró su brazo, encontró lo que buscaba y esperó.
Le pareció extraño no encontrar el shampoo inmediatamente porque siempre tanteaba y allí estaba, esperando que volcara un poco de contenido en su mano, se dejara llevar por ese aroma que tanto le gustaba y comenzara a disfrutar de uno de los mejores momentos del día.
La miró estirarse, colocar su mano aquí y allá, (siempre con los ojos cerrados como si todo fuera un ritual), vió su gesto de desconcierto al sentir que algo estaba fuera de su cauce normal y tuvo que contener la risa porque podía adivinar lo que estaba pensando en ese mismo instante. Como parte del juego, y siguiendo el ritmo de la canción, chasqueó muy suavemente los dedos cerca de sus mejillas, que ya estaban rojas y a punto de estallar.
Sin abrir los ojos y respirando hondo, ahogó un grito al reconocer su perfume.
Fue una de las pocas veces que no pensó en nada, no analizó su vida ni trató de resolver problemas debajo de la ducha. Simplemente dejó que todo sucediera como si estuviera viendo una película en cámara lenta, al compás de su playlist.