Ladrona de espacios públicos


Hace un par de años ví una película bellísima llamada «La ladrona de libros». 

Si la protagonista fuera yo, se llamaría «La ladrona de espacios públicos».

En Punta del Este tengo «Mi pérgola» frente a la isla Gorriti y allí voy a ver los atardeceres más bellos del mundo. Obviamente que se trata de un lugar público pero hace años decreté que era de mi propiedad y me «enojo» cuando voy y alguien ocupa mi asiento favorito.

Otro rincón que compré con el corazón es el mirador de Casapueblo. Llegar a PDE y no entrar dos minutos antes de ir a Caleta es como no saludar a un anfitrión si me invitan a una fiesta.

Ese mirador es mágico, siento que llego y la ciudad me recibe y hasta me dice que me extrañó durante todo el tiempo que no estuve.

Y el que no quiero ceder jamás es el Faro de José Ignacio.

Cuando estoy llegando a ese lugar, el corazón me late más rápido y puedo quedarme horas frente a él mirándolo y escuchando música.

Son imanes que me sostienen firme y me repiten en silencio que esa tierra es para mí, que mi vida tiene que terminar alli y no aquí, que debo dejar este mundo oliendo y sabiendo a sal, a la sal de mi mar en La Brava.

Buenos Aires me ha tentado con un solo lugar para perpetrar el robo y es el Jardín Japonés.

Fuera de ese predio, nada me despierta interés ni fuerza que me atrape tanto como para «delinquir».

New York es otro tema. Creo que alli me darían cadena perpetua porque hay mil rincones que robaria pero por motivos muy diferentes a los de Punta del Este.

New York es la fascinación, el deslumbramiento, la adrenalina invadiendo mi cuerpo a una velocidad inmanejable.

Buenos Aires es la muerte agónica.

Punta del Este es la paz, la calma, el amor en estado puro, la emoción y la película de toda mi vida proyectada frente a mis ojos en cada amanecer, en cada atardecer, en las maravillosas tormentas que vienen del Sur y en cada luna llena que sale sobre el mar.

Porque la luna esteña…. ella también me pertenece.

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