A veces pienso que amo tanto Caleta y siento desde lo profundo de mis entrañas que es mi hogar porque huele a familia.
Cuando vivía en Ayacucho me pasaba eso, entraba y se respiraba aire de familia, sobre todo en otoño o invierno cuando mamá preparaba sopa de verdura.
Este departamento donde vivo desde hace dieciseis años no tiene ese toque.
Puedo entrar y sentir el perfume que uso o algún aromatizador que puse en la habitación pero nada que tenga que ver con un hogar de verdad.
Acá paro, pernocto, transito y mucho mas desde que murió el negrito.
Allá vivo, canto, cocino, comparto mi vida con gente que amo, lavo la ropa y adoro colgarla al aire libre y que luego huela a sol.
No reniego de este departamento, sólo digo que no sabe a hogar y cada día necesito con más desesperación eso: un hogar parecido al que alguna vez supe tener.