El único momento en el que me siento segura y en paz en esta ciudad de la furia es por las noches.
La madrugada se encarga de traerme hasta mi habitación, como cualquier delivery, una dosis de silencio y paz que me cubren como un manto invisible y sirven de escudo por si acaso me sintiera amenazada por algún recuerdo inoportuno.
Pero dura unas pocas horas porque el sol es implacable y aunque ame a la luna siempre termina llevándola amorosamente hasta su morada y exponiéndome así a los vaivenes diurnos que tanto desagrado me causan.