
Amanecer en mi propia cama luego de quince días de estar durmiendo en el paraíso es algo difícil de digerir sobre todo en los dos o tres minutos que le siguen al momento de abrir los ojos luego de seis horas corridas de sueño ininterrumpido.
Tardé unos segundos en comprender que ya no estaba en mi lugar en el mundo sino en el lugar donde «hago la plancha» hasta poder despegar e irme de una vez por todas a vivir a donde quiero.
El regreso de ayer fue diferente a todos, aunque pensándolo bien desde hace tres años todos los regresos de Punta del Este son diferentes. Por un motivo u otro todos han cambiado, me han mostrado cosas diferentes y me han abierto puertas, preguntas o dudas que continuaron flotando a mi alrededor hasta el viaje siguiente.
Esa casa está tan llena de mí, tiene tanta emoción, tanta música y energía propia, tantas situaciones vividas con el corazón que cuando tengo que cerrar la puerta detrás de mí para volver a esta realidad siento un desgarro enorme en el alma, como si me arrancaran una parte de mí y quedara suelta por toda la casa, vagando hasta que volviera a buscarla.
Esta vez fue peor aún porque fueron quince días casi perfectos. Desde que llegué me propuse vivir el mejor viaje de todos y creo que lo conseguí aunque en algún punto me supo a poco. Pasaron tantas cosas que si las analizo detenidamente puedo llegar a sentir que un tsunami me pasó por encima aunque por fuera no se note tanto.
Al regresar queda él y no puedo menos que sentir miedo de no volver a verlo, de que alguna vez me toque regresar y no esté, de que suceda algo que lo lleve a otra parte y no me entere o no pueda verlo más. Con él se queda mi seguridad, mi falta de temor a todo, mi confianza más absoluta, mi certeza de que existe alguien que me puede proteger de lo que sea sin que eso quiera decir que es un super héroe.
Mientras escribo estas palabras escucho una selección de canciones que le llevé en este viaje cargadas en un pen drive y justo ahora suena «Eyes of blue», una que le traduje la noche siguiente a mi llegada mientras estábamos sentados en esos sillones blancos y tomábamos un trago que le había preparado especialmente con coco, ron y ananá.
La historia con él se ha ido construyendo despacito, tal y como me explicó que hacen los horneros con sus casitas.
Creo que ambos hemos derribado muros que el otro tenía levantados con firmeza y lo que más me gusta es saber que cree en mi honestidad, que siente que cuando le digo algo lo hago desde el fondo de mi alma y que soy tan brutalmente honesta que le pongo mi corazón en sus manos para decirle las cosas más difíciles como las más simples pero sin dobleces aunque eso implique quedar expuesta de todas las maneras posibles.
Tal vez mi madre lo puso en mi camino para demostrarme que podía confiar en un hombre, que podía creer en su palabra y relajarme de una vez por todas aunque sea un ratito.
Desde la primera vez que lo ví lo que siempre quise fue darle un beso, robado o no pero besarlo al fin y nunca me animé. Como él tampoco lo hacía daba por sentado que no le importaba por lo tanto dejé que el tiempo pasara, que se sucedieran los viajes y nada de nada.
Con el tiempo vinieron los abrazos seguidos, prolongados, esos momentos únicos donde la paz volvía a mi alma y me permitía sensibilizarme tanto que podía convertirme en una hoja de papel sin temor a romperme o a arrugarme sin volver a mi forma original porque ahí estaba él para acomodar y volver a poner todo en su lugar.
Esta vez no quise irme sin besarlo, quizás porque lo sentí más cerca que nunca, porque lo disfruté como nunca o porque el miedo a perderlo fue el más grande que había sentido desde que lo conocí.
Y al partir lo besé, fueron cuatro besos no robados, consentidos, fueron esos besos que se dan en una despedida pero si me preguntaran cuál es el sabor de sus labios no podría responderlo y me muero de ganas por saber, quiero saber a qué saben sus labios, quiero un beso suave, chiquito, un beso de esos que tal vez duren segundos pero parezcan eternos.
Todo esto suena a que nada me viene bien, a que antes pataleaba por un beso y ahora quiero perfeccionarlo y sí, algo de eso hay porque como él me dijo: «esto hace que se reafirme el vínculo» y bueno, quiero reafirmar lo que sea que nos une que no es otra cosa que el querernos mucho y el extrañarnos cuando no estamos juntos.
Ahora que escribo estas palabras me doy cuenta de lo importantes que son. ¡Estoy diciendo que dos personas se quieren, se extrañan, se divierten estando juntas, ríen, lloran, sueñan, comparten confidencias, se buscan, se encuentran! Estoy hablando de algo que no pasa muy seguido, no al menos de la manera en que nos sucede a ambos y desde mi lugar eso es algo que debo agradecer a Dios todos los días porque en un mundo donde cada uno mira su propia nariz encontrar a una persona despojada de maldad que comparta con otra lo que él comparte conmigo es casi un milagro.
Por todo lo vivido en estos últimos quince días es que hoy tuve un nuevo despertar, uno agridulce porque supe enseguida que la puerta del departamento no se abriría en cualquier momento para dejarlo entrar pero también porque me queda el recuerdo de todo lo que viví mientras eso sí sucedió.
Ahora toca esperar hasta Noviembre y ver qué cosas se ganan o se pierden en todas estas semanas que faltan para el reencuentro.


