Refugio

Es casi matemático: cuando sentimos que estamos en peligro, tengamos la edad que tengamos, buscamos un refugio, el que se encuentre más a mano y si no es un lugar físico (casa, auto, puente) corremos hacia el espiritual.

Yo tengo uno que seguramente me envió mi madre desde el cielo.

Mi refugio tiene nombre de varón y la vida quiso que lo conociera hace ya más de dos años, que lo viera cada tres o cuatro meses y significara la pérdida del miedo a pasarme algo solamente con un abrazo.

La primera vez que me dió un abrazo de bienvenida sentí algo que no había sentido jamás y cuando logré poner esa sensación en palabras descubrí que de eso se trataba la seguridad.

Un abrazo suyo representa para mí estar a salvo del mundo, de todos los peligros, miedos, dolores, pérdidas, abandonos. En ese abrazo hay una alquimia extraña que me convierte en una niña que necesita de esa protección y cuando la encuentra se vuelve adulta, segura y valiente y es entonces cuando puedo suspirar aliviada y relajarme porque desde el fondo de mi alma escucho una voz muy suave que me dice que nada me va a pasar.

El es ese techo bajo el cual puedo guarecerme en medio de una tormenta, el espacio pequeño pero infinito de su abrazo me aleja de cualquier vendaval y me avisa que todo va a pasar en cualquier momento.

El es sol cuando sonríe, leña encendida en pleno invierno, viento Sur cuando los problemas empañan la visión y se necesita  despejar el camino. Es compañia a la distancia, el que me baja la luna llena desde el Este cuando mis ojos no alcanzan a verla y el que me abre su corazón de madrugada cuando la vida nos permite contarnos lo más lindo y lo más feo que nos pasó en este mundo.

Es mi hilo rojo o de plata, aquél que no se corta ni siquiera con el filo más agudo. Es mi salvoconducto hacia la paz y la simpleza que en él desborda permanentemente y que a mí tanta falta me hace.

Es la prueba fehaciente de que la libertad puede acomodarse entre sus brazos y mi cabeza sobre su hombro.

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