Pocas cosas en esta vida destruyen o construyen tanto a un ser humano como la palabra.
Nos pueden acariciar o cortar el alma según quién y cómo las usen.
Hacía mucho que alguien no me heria tanto con las palabras como lo hicieron el viernes, hacía mucho que alguien no me atacaba y destruía de la manera en que me destruyeron ese mediodía.
Hacía exactamente ocho años que no caminaba por la calle llorando y mirando hacia abajo como me sucedió hoy y eso aumentó mi dolor, mi pena y mi tristeza.
Tambien es justo decir que para contrarrestar esas palabras que me lastimaron vinieron muchas otras y de diferentes lados, que se convirtieron en bálsamos para tanto dolor pero aún así sigo sintiendo el puño cerrado del golpe en el medio del pecho y por momentos vuelve a mí la falta de aire y el ahogo profundo que me provoca seguir en esta ciudad.
Necesito desaparecer, ir en busca de mi destino, de mi lugar en el mundo y quiero hacerlo antes de que la amargura me gane y me paralice.
A veces las letras suben y bajan en un mismo renglón porque bailan y forman palabras suaves, con cadencia y armonía y en otras ocasiones se quedan estáticas formando el filo que corta y hace sangrar el alma.
Mirar mi interior y ver que todavía quedan algunas gotas de sangre fresca, densa y oscura me espanta pero de alguna manera tengo que revertir la situación y aplicar una meta, un sueño, una ilusión o un plan sobre esa herida y lograr que cicatrice a la brevedad.