La leyenda de las mariposas

Crecemos escuchando que una de las manifestaciones más evidentes del enamoramiento es la sensación del aletear de las mariposas en el estómago y nos convencemos de ello, adoptamos la creencia y la vamos transmitiendo de generación en generación.

Cuando conocemos a alguien sentenciamos todo diciendo: «Siento mariposas en el estómago» o todo lo contrario y en ese momento comenzamos la épica tarea de continuar alimentando el romance o cortarlo de cuajo según sea uno u otro caso.

El arrobamiento que nos provoca el romance despierta sonrisas en nuestras bocas, nos entibia el alma, logra que nuestras mejillas se sonrojen y que vivamos en una especie de microclima donde nada nos puede malograr el día y mucho menos la vida y es en ese momento en el que sentimos su aletear permanente creemos que son miles pero no todos sabemos que algunas de ellas solamente viven veinticuatro horas, tiempo suficiente como para salir de su crisálida, poner las crías y morir en la próxima jornada.

¿Pero qué pasa si ese amor no es correspondido o si se ha marchado? La mayoría de las veces nos vemos envueltos en un estado de tristeza, pena, dolor y se sabe que esos sentimientos suelen provocar lágrimas en los seres humanos.

Las lágrimas son como gotas de lluvia propias, privadas, que cada uno decide cómo y cuándo soltar y que poco tienen que ver con el factor climático. Nos abandonan, dejan de amarnos y ellas acuden como un bálsamo reparador para tanto dolor.

Cuando salen corriendo e inundan nuestros ojos las sentimos pesadas, densas, como si estuvieran hechas de mercurio y no de agua salada pero mágicamente alivianan su peso al trasponer el umbral de las pestañas, resbalar por nuestras mejillas y terminar deshechas sobre nuestra ropa, estrelladas contra la almohada o muchas veces cayendo inevitablemente contra el frío y duro suelo que nos sostiene.

Y es ahí, en ese trayecto, cuando la leyenda de las mariposas se desvanece por completo porque sus frágiles alas no soportan el peso de nuestras lágrimas. Nuestra pena es tan pesada que no la aguantan así como tampoco nuestro corazón y aún sin quererlo las vamos matando una a una con cada lágrima sin darles tiempo a escapar y cobijarse en otras ramas, otros árboles u otras almas que recién hayan comenzado a amar.

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