Ser nutriente

Alguna vez, no hace mucho, tuve un gran amor.
Un gran amor de esos que nos hacen crecer, que nos dan alas para volar solos o acompañados, que nos mantienen latiendo el corazón a una frecuencia inusitada día y noche.
Un amor que llevamos siempre de la mano (aún cuando estamos durmiendo) y al que le podemos hablar en silencio porque tenemos la certeza de que vamos a ser escuchados.
Un amor que vivimos como un regalo y con el que proyectamos una vida que hasta el momento de conocernos no parecía hecha para nosotros.
El otro día me dieron una definición mucho más acabada al decirme que para mí él fué un ser nutriente, alguien que nutrió mi alma, mi espíritu y mi mente y tenían razón porque fué todo eso y mucho más (si cabe).
Tal vez una de sus misiones en esta vida haya sido conocerme y permitirme aprender de él pequeñas cosas que modificaron mi existencia para siempre, como por ejemplo que no se puede morir de amor sino vivir por él.
Dicen por ahí que nadie se casa con el amor de su vida, que existen simplemente para que sepamos lo que se siente al encontrarlo y luego se marchan, algunos sin posibilidad alguna de retornar porque el destino final es casi excelso y lejos de la tierra.
A pesar de esa distancia insalvable creo que siempre voy a continuar escribiéndole cartas urgentes aunque sepa que llegan cuando ya no hay nadie.
Con aquél corazón, con el sol en la maleta, dando tumbos y debiéndole sueños mientras sigo desembalando el universo…

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