Tal vez lo escuché o lo aprendí cuando era pequeña, lo cierto es que alguna vez supe creer que esto del amor era una cuestión relativamente simple.
Primero vendria el compañerito de la primaria que me tomaria de la mano de manera inocente cuando hiciéramos la fila antes de entrar a clase, luego me pasarían a buscar a la salida de la secundaria y llevarían mis libros hasta que llegáramos a casa y más tarde vendrían las mariposas en la panza con el chico de la facu que me fascinaba y cursaba en la otra cátedra que no me tocó porque su apellido empezaba con F y el mío con M.
La realidad poco y nada tuvo que ver con todo eso por lo tanto me fuí acostumbrando a lo que el destino iba dibujando en mi camino hasta que abandoné el amor de manual y comprendí que mi única meta en esta vida era convertirme en la mujer de la vida de fulano de tal.
Posiblemente mi proyecto fué demasiado ambicioso, capaz que quise dar el paso más largo de lo que me permitía la pollera y por eso mismo esa sombra que alumbró la luna durante tantos años se fué caminando de la mano con la muerte y me dejó sin saber si mi sueño era tan descabellado.
No me arrepiento de haber cambiado el amor de telenovela por uno que se ajustaba mucho más a mi manera de ser, tal vez lo único que me cuestiono ahora es no haber pensado cómo sería mi vida con un plan B.