Que te hayas ido de la manera en que te fuiste siempre constituyó para mí un dolor ciego, sordo e interminable pero que no me hayas dejado ni siquiera una nota avisándome dónde podía encontrar a mis musas para continuar escribiendo es algo que tal vez no te disculpe jamás.
Porque mientras estabas era fácil encontrar temas, motivos y razones para tener mis manos activas sobre el teclado sin embargo ahora, cada vez que quiero escribir algo tengo que pensar mil veces lo que quiero decir y cómo hacerlo.
Seguramente en este reproche escondo el único válido y es el de tu partida pero como contra eso ya no se puede hacer nada dejá que al menos me descargue con algo mucho más liviano como esto.
Por ejemplo ahora mismo estoy empecinada en que este conjunto de letras signifique algo y no sé si voy a lograrlo pero sigo como si al final fuera a encontrarte sonriendo y recordándome que había nacido para escribir.
Hubiera necesitado un post it con tu letra dibujándome un mapa que me guiara para llegar hasta el mercado de las musas, señalándome un puesto donde pudiera comprar tres o cinco para escribir sobre los sueños, una o siete con el color del futuro y once o trece para que me ayudaran a hablar de amor.
En cambio acá estoy, sentada frente a la ventana del altillo mirando esta tormenta que tiñe todo de color gris y recordándote mientras escucho esta canción porque tiene la misma cadencia de aquellas madrugadas eternas en las que supimos hablar de todo sabiendo que el tiempo, en algún momento infame, se iba a terminar.