De pronto tuvo ganas de escribirle asi que revolvió los cajones de su escritorio, encontró la lapicera de tinta negra que tanto amaba, sacó dos hojas de papel reciclado y apoyó suavemente la pluma para que su mano se deslizara con los trazos de las primeras letras.
Fecha, lugar, hora y encabezado.
Cuando había terminado la parte burocrática y aburrida de la carta un silencio ensordecedor se apoderó de su mente y ráfagas de imágenes salieron disparadas hacia su emoción.
Su alma quería contarle mil cosas sin embargo, luego de casi dos horas de lucha interna, consiguió formular una sola pregunta en el medio de una de las hojas que había destinado para la misiva.
Leyó y releyó mil veces lo que había escrito y a pesar de saber que no habría respuesta, dobló prolijamente la hoja por la mitad, la metió en el sobre y marchó rumbo al correo.
A los pocos días tuvo el sobre nuevamente entre sus manos con un sello impreso en tinta roja en la parte de adelante que decía: “Domicilio inexistente”.
Es el día de hoy que no sabe si lamenta más lo que decía ese sello o no haber obtenido respuesta a aquella pregunta tan simple: “¿Cómo funciona el olvido?”