Cada tanto me sucede este raro fenómeno de cambiar la piel.
Comienzo a mirar a mi alrededor, siento que hay cosas que ya mostraron su fecha de vencimiento a los gritos y tengo que ponerme en movimiento.
Lo intento una y otra vez, creo que no voy a poder y de pronto un dia cualquiera algo dentro de mí comienza a adquirir una fuerza arrasadora, siento que el Cosmos se acomoda para darme la bienvenida y solamente miro hacia atrás para registrar en mi memoria aquellas cosas que me hicieron llegar hasta el lugar donde estoy en ese momento.
Al igual que las serpientes, cada tanto abandono aquella piel que me protegió de la tristeza, del llanto o de la soledad y si bien el proceso es doloroso, cuando ya no queda casi nada de aquel cúmulo de escamas desgastadas sigo hacia adelante.
Este proceso me deja absolutamente expuesta y vulnerable porque esta nueva piel no tiene marcas ni cicatrices, no sabe de peligros ni viejas costumbres, es delicada, fina, transparente y por eso mismo es que debo cuidarla más que nunca pero en el fondo sé que eso no siempre es bueno porque si la mantengo así jamás se curtirá ni se volverá dura para convertirse en mi escudo frente a lo desconocido.
Está cayendo el traje antiguo, puedo ver como lo dejo atrás, alcanzo a divisar lo que dentro de poco no será más que polvo que se irá con el aire.
Duele, tira y cuesta pero se vuelve imprescindible para que el viaje sea mucho más ligero.