Trece días me ha llevado este exilio, un exilio que podría haber sido voluntario de no mediar esta tremenda sensación de silencio interno que me impedía hablar, contar, decir, suspirar, dejándome solamente las manos y el alma libre para recordar y llorar cuando el peso de las señales y las ausencias se hacía insoportable.
Trece días donde pasaba por la esquina de La Sombra pero nunca pisaba su vereda, lo cual hasta ahora no me había sucedido jamás y lo que más me llamaba la atención era que no dolía el cambio de ruta aunque lo más peligroso era que se estaba haciendo costumbre.
Tres veces intenté contar lo que me pasaba pero no pude, no sabía cómo expresarme, releía las cosas que había escrito y las frases me parecían tan inconexas y huecas que no me quedaba más opción que borrar, cerrar y partir una vez más con las manos atadas a la espalda y una mordaza de hierro tapando mi boca.
Supongo que si hoy estoy acá es porque en el fondo de mi corazón siempre supe que debía ser así, tenía que esperar que una de estas madrugadas el frío de la noche, el excesivo calor que me provocan los acolchados de mi cama, la necesidad imperiosa de tomar agua mientras duermo o tu nombre resonando en mi almohada me despertara y me guiara hasta acá.
También creo que tu exilio me enseñó a construir el propio, como si quisiera solidarizarme con vos hasta en los más mínimos detalles y hubiera decidido irme porque seguís sin estar a mi lado y porque a medida que pasan las horas y los días la sensación de tu no retorno pelea palmo a palmo con la esperanza pero parece vencerla en las notas de cada canción que escucho.
Y mientras adentro libro batallas permanentes contra los presagios, afuera el Universo me toca el hombro a cada segundo y me muestra tu cara en la de miles de personas desconocidas, te nombra en los lugares y las situaciones más insólitas y me provoca momentos de llanto inesperados (como las tormentas tropicales) o sonrisas tibias y privadas, como si estuviera compartiendo un secreto con tu alma.
Tal vez sea eso, no? tal vez todas esas cosas que me suceden desde hace trece días no sean más que un permanente intercambio de secretos entre tu vida y la mía pero de ser así me pregunto por qué no me contás un cuento que me haga dormir tranquila en lugar de vivir sobresaltada a cada paso que doy por el simple hecho de encontrarte en todas las baldosas que piso y a la vez no cruzarme con tu mirada en ninguna.
Me parece escuchar tus palabras repitiendo siempre lo mismo: «Morena, tu vida tiene que seguir sin mí» y eso no se discute pero lo que alguna vez me gustaría que comprendieras es que a veces ciertos momentos de mi vida permanecen ahí, quietitos, silentes, expectantes, ilusionados, esperando ese mágico momento en el que tres puntos suspensivos o seis letras le provoquen latidos descontrolados a este corazón que a veces parece estar hecho de arcilla y cambiar de forma cuando volvés.
El exilio me mantuvo lejos de esta casa que construí para que siempre hubiera un lugar donde reunirnos cada vez que regresaras y hoy, cuando por fín decidí sentarme y no levantarme hasta no haber dicho todo, comprendí que había extrañado estas paredes y las ventanas que siempre dejo abiertas por las dudas algún día puedas venir caminando despacio, distraído y las tenues luces de mi cuarto menguante te guíen hasta acá.
«Escríbeme cuando el viento cante entre los árboles»… esas palabras alguna vez te trajeron a mi lado después de muchos meses y como ahora están sonando en el altillo les hago caso aunque te confieso que me resulta inevitable escuchar «… si la luna siempre espera» y no sentir que la marea crece, se acerca a la orilla y arrasa con mi voluntad de permancer entera. Pero cuando siento que me doblega la pena me afirmo en la arena húmeda, escribo otra vez tu nombre con una ramita que encontré escondida entre un montón de caracoles quebrados, miro el horizonte y redoblo la apuesta de la espera.