Unicamente

Él tenía un ritmo de vida arrollador, todo a su alrededor era velocidad, apremio, apuro, muchas personas dependían de él, se sabía poderoso.
Ella en cambio era mucho más tranquila, tenía un andar cansino y un cierto aire de bohemia. Su imagen era melancólica y sugestiva, algo distante y lejana pero irresistiblemente encantadora.
Se conocieron porque así debía ser y la atracción fué tan poderosa como inmanejable pero la esencia de ambos hizo todo diferente desde el principio. Vivían a destiempo pero se suspiraban a diario. Se reclamaban, se buscaban, se presentían, se adivinaban siempre. Todos sabían que se perseguían por los rincones, vivir sin el otro se hacía impensado e imposible y ellos, inmersos en ese mundo que construían segundo a segundo, lograban acariciarse en el recuerdo y en la intención.
Estaban pagando muy caro haberse enamorado siendo quienes eran, él tan rubio, ella tan morena, los dos tan independientes y tan ajenos a todo lo que no fueran sus fuerzas.
El único consuelo que les quedaba era saber que podían unirse en un eclipse, en un mágico momento donde la luna y el sol, el día y la noche podrían hacer el amor y morir naciendo.

Deja un comentario