Una carta

Buenos Aires, 2 de Enero del 2006

Me dijiste «Lo tuyo es escribir» y puede ser que tengas razón pero olvidaste algo elemental: lo mío es sentir (te).
Me dijiste «Aunque no me escribas a mí» y es verdad que no siempre lo hago pero en este caso me resulta inevitable.
Lanzar una botella al mar con una carta adentro implica un viaje sin destino sin embargo está claro que en este caso no es así.
Mi botella, mi carta tiene como único destino tus ojos (esos de los que prometí no volver a hablar), tus manos para que la salven de los vaivenes de las olas y tu corazón, para que guarde cada sentimiento que se revela en mis palabras.
Me gustaría pensar que caminas despacio por la playa hasta que decidís sentarte y leerme, acariciar con tus dedos esta hoja y sentir que son mis mejillas las que te esperan todos los días.
Me conocés y sabés que esta carta tenía que tener corazón y por eso recién ahora fué arrojada al mar, ni ayer ni mañana, hoy.
Es verdad que a veces me siento perdida pero en cuanto tu nombre amanece conmigo el camino se torna claro, inconfundible y es inevitable querer caminarlo hasta el final.
Tus sombras siempre fueron mi Luz (te acordás?) y hasta que me quede sin suspiros voy a seguir caminando por la calle esperando detenerme en una baldosa para que tropieces conmigo, levantes la mirada y sonrías.
Después de leer esta carta cerrá los ojos, extendé tus manos y allí, donde el viento se vuelva más suave, vas a encontrar a mi corazón nombrándote.

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