Sillas vacías

Una tarde de invierno estaban las dos sentadas, una al lado de la otra.
La dueña y su ilusión charlaban tranquilamente, estaban de acuerdo en todo, se las veía satisfechas y reían al caer el sol. De pronto pasó él, apuesto, reservado, enigmático e inteligente.
La ilusión no pudo resistirse y lo siguió, abandonó la silla y a su dueña y fué tras esa mirada sombría pero clarita como un lago. La dueña creyó que volvería al ratito asi que la esperó sentada hasta que comenzaron a caer los rayos de luna sobre el patio pero la ilusión no aparecía.
Hizo la denuncia, le dijeron que era mayor de edad, que ya sabía lo que hacia, que no podían salir a buscarla tan rápidamente pero que si pasados treinta días no tenía ninguna novedad podrían investigar un poco más.
Le pareció demasiado tiempo asi que decidió salir ella misma a buscar su ilusión y regresarla a casa. Caminó y caminó, preguntó a todos los vecinos del lugar, la describió de todas las formas posibles y nadie supo decirle nada.
Una noche de primavera, mientras deambulaba por un parque la vió. Su ilusión, tan risueña y fresca yacía descansando al lado de un par de anteojos para leer, un texto de Cortázar y una caricia. Supo que había sido feliz y se quedó sentada a su lado, para que le contara.

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