Nació en otoño y el ritmo de las hojas de los árboles al caer marcó el compás de su voz y de sus lágrimas. Creció rodeada de una familia atípica pero a la vez profundamente sola. De pequeña preguntaba absolutamente todo, su curiosidad no tenía límites, llegaba a exasperar a quienes la rodeaban con sus ansias de conocer y saber las cosas más ilógicas y las más coherentes que existieran en el planeta.
Amaba dibujar y lo hacía muy bien pero se sentía muchísimo más atraída por los libros y pasaba gran parte de sus días sumergida entre ellos.
Era brillante, las maestras no se cansaban de alabar su inteligencia pero sus compañeros la rechazaban, siempre existía un motivo determinado para separarla de los juegos de la niñez y Rita, sin proponérselo, creció de golpe.
Supo desde temprana edad lo que era ser distinta y las consecuencias que eso acarreaba. Conoció la sensación de soledad desde pequeña y terminó por hacerse amiga de ella en la adolescencia.
Rita perdió su primer batalla frente a la muerte a los trece años y cargó sobre su cuerpo el fantasma de la culpa, que no la abandonó ni siquiera en sueños.
Pero a pesar de todas las marcas que guardaba su corazón lograba que la quisieran, tal vez de manera inexplicable pero se hacía querer e íntimamente conseguía chispazos de felicidad.
Como la mayoría de las cosas, el sexo también llegó tarde a su vida pero la encontró madura, con la mente abierta, dispuesta a vivir todas y cada una de las cosas que eligiera para sentirse plena y satisfecha.
Pero Rita quería amar y en su torpe desconocimiento del tema se confundía y elegía mal, sin sentido, sin ganas, por descarte e intentaba convencerse a sí misma pero nunca lo lograba.
Y un día, después de preguntarse mil veces qué se sentiría, se enamoró y por partida doble porque lo hizo de un hombre y de ella misma al descubrirse enamorada.
Nacía y moría cada día en ese amor, se desdibujaban sus límites y los reinventaba a cada paso, cambiaba su color de ojos a cada instante y de pronto su cabello podía estar lacio y quieto como un lago o furioso y enrulado como el mar en plena tormenta.
Cantaba y hablaba lenguas desconocidas, veía más allá de sus párpados y su piel olía a jazmines en pleno invierno.
Rita no podía dejar de amar ni siquiera en la ausencia. Había olvidado el significado de la palabra egoísmo y de a poco hizo de la paciencia un rasgo inherente a su personalidad.
Pero su corazón caminaba a un ritmo desconocido para él y se cansaba aunque ninguno de los dos lo quisiera y en esos momentos se llenaba de preguntas y planteos. A veces se sentía arrinconado y demasiado débil como para seguir y otras renacía, volvía a cantar, su risa se volvía poderosa y lograba hacerse escuchar desde el otro lado del Universo.
Una mañana de primavera Rita se miró al espejo y no se reconoció. Buscó en su mente los motivos por los cuales estuviera sucediendo eso y sin que pasara demasiado tiempo su corazón le avisó que quién la dibujaba cada día a día se había ido.
Lloró, suspiró, se oscurecieron sus ojos, su cabello se calmó y cantó canciones de su infancia para lograr que el tiempo volviera atrás y pudiera recordar que desde que vino al mundo solo buscaba amar.