Por error, por envidia, por amor.

Siempre creyó que sería él quién se marcharía primero y le preocupaba dejarla sola, indefensa, sin armas para enfrentar lo que sería su vida en soledad después de aquél gran amor.
Y mientras estaba le enseñaba cosas, trataba de pedirle que imaginara la vida sin él, que se preparara para un nuevo amor porque según él así debía ser.
Las horas transcurrían así, sabiendo que se escapaban entre los dedos de ambos como agua y vivían como podían, como las circunstancias los dejaban.
Pero lo que él nunca pudo preveer es que una madrugada el destino, por error, primero iría a buscarla a ella.
La encontró dormida, abrazada a las almohadas, pensando que lo tenía a su lado y que lo cuidaba.
Tenía el cabello revuelto y una sonrisa calma, las pestañas húmedas y las manos entrelazadas, parecía que estaba acariciando aquellas manos tan amadas pero el destino fué implacable y se la llevó sin decir palabra, sin dejar ningún aviso previo ni una señal velada.
Cuando le llegó aquella carta con la noticia, ahí, recién ahí, supo de verdad cuánto la amaba.

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