Cuando no estaba había un orden natural en las cosas, su ausencia marcaba ese orden y todo era conocido, no había demasiados sobresaltos.
Extrañarlo por las madrugadas, buscarlo durante el día en cada rincón de la ciudad y guardar prolijamente su recuerdo cuando se escondía el sol para renovar la esperanza al apoyar la cabeza sobre la almohada.
La sensación era la de estar en sintonía con alguna fuerza superior que marcaba el ritmo de la rutina, las cosas eran cíclicas y se mantenían de la misma forma de siempre lo cual no dejaba de darle cierta seguridad. Sabía que pasado cierto tiempo volvería y la normalidad se apoderaría de su vida por un espacio de tres o cuatro días.
Pero esta vez algo no seguía ese orden natural, algo se había salido de cauce y la ausencia no se contaba hora a hora, no surgía la pregunta de la vuelta, no había sobresaltos (no al menos por esa razón) y la búsqueda durante el día era menos intensa.
La seguridad y la calma se habían quebrado, la noción de tiempo se había invertido, los minutos corrían veloces de la misma forma que los latidos de su corazón y la espera … la espera ya no era ni siquiera su presencia.