Olivia nunca tuvo patio ni patines.
Jugaba a que preparaba los manjares más deliciosos del mundo subida a un banquito de madera celeste, revolviendo sin cesar cacerolas de un tamaño diminuto y amasando tortitas de azúcar y harina.A veces no quería ver ni oír, prefería mirar por la ventana de su habitación y soñar que la vendrían a buscar los chicos que jugaban frente a su casa para pasear todo el fin de semana.
Dibujaba tirada en el piso, copiaba las caras de sus personajes preferidos en hojas enormes y le ponía sus propios colores, como a casi todas las cosas de su vida.
Olivia no era igual a todos y eso la avergonzaba. Solamente se sentía bien cuando estaba sola en su mundo, sin que nadie la lastimara, sin que nadie la humillara, mezclando colores imposibles y ensayando respuestas que nunca podía dar a tiempo porque los comentarios hirientes eran demasiado veloces para sus escasos diez años.
Prometió crecer y cambiar pero no lo logró. Los años pasaron y aún así Olivia siguió siendo diferente, aunque cuentan los que la conocen que ya no ensaya más una respuesta letal ni dibuja a sus personajes favoritos en grandes hojas blancas. Ahora calla y espera, tal vez algún día no sienta más verguenza y se anime a abrir las ventanas.