Caminó hacia la puerta de entrada de su departamento y cuando estaba a punto de colocar la llave en la cerradura vió que estaba abierta.
Con el corazón latiendo descontrolado dentro de su pecho dudó entre llamar a alguien para que la ayudara o ver qué sucedía, pero a los dos segundos respiró hondo y entró.
No se escuchaba absolutamente nada, la casa estaba sumida en el más absoluto de los silencios, el único sonido que percibía era el de su respiración y aunque desde afuera todo pudiera interpretarse como un acto de inconciencia, algo en el aire comenzó a calmarla lentamente.
Siguió caminando y a medida que lo hacía notaba que las paredes cambiaban lentamente de color, del blanco ceniciento pasaban al azul profundo. Las ventanas se abrían solas dejando entrar ráfagas de aire cargados de hojas secas y crujientes que se desparramaban por todas partes, como si fueran pétalos de flores silvestres.
Las plantas florecían todas juntas, estaba claro que allí no había nadie más que ella y sin embargo parecía que alguien estuviera dirigiendo una orquesta de manera absolutamente sincronizada y armónica.
Sin llegar a comprender a ciencia cierta qué había pasado se recostó sobre su cama y se durmió con una sensación de paz inusual por aquellos días.
A la mañana siguiente despertó en calma, con el sol otoñal entrando por la ventana.
Cuando se dirigía hacia la cocina pasó frente a la puerta de entrada y un papel le llamó la atención asi que se acercó, lo levantó y lo leyó.
Una sonrisa plena inundó su rostro, comprendió, cerró los ojos, recordó y comprobó que las paredes seguían siendo de color azul.